Por Amaya
Militante de Liberación
Han pasado ya más de cien años desde que el cuerpo de Rosa Luxemburgo fue arrojado a las frías aguas de un canal. Pero lejos de cualquier apología de museo o mármol tieso, reconocemos a Rosa viva en sus ideas: esas que hoy, tal cual ayer, funcionan como balas al corazón mismo del capital y del dogma. Sus palabras son un eco agudo, tierno y furioso, un recordatorio de fuego de que es urgente mirarse… pensarse con la misma crítica feroz que lanzamos contra el poder del enemigo. Porque la revuelta que no se cuestiona a sí misma, termina siendo solo una pálida sombra del amo.
I
“La libertad solo para los partidarios del gobierno, solo para los miembros de un partido, por numerosos que sean, no es libertad. La libertad es siempre libertad para quien piensa de modo distinto.”
R. Luxemburgo. La revolución rusa (1918)
La libertad no es una de esas limosnas que se tiran desde el balcón del poder cuando la «clase revolucionaria» ya se instaló en el trono; no es un postre dulce y generoso, sino la energía, el motor que ruge en el barro de la historia. Cuando esa libertad se vuelve el jardín privado de una casta dirigente —esos pocos que administran el destino con guante blanco—, la savia de la revuelta se pudre, se vuelve un rictus seco.
Rosa nos grita desde su herida que cualquier sueño de emancipación que mutile el pluralismo o amordace la crítica interna termina levantando, no una utopía, sino un mausoleo de cemento y burocracia. Porque el pensar a contrapelo no es un brillo burgués ni una cortesía liberal; es la única barricada que impide que el movimiento vivo se convierta en un cuerpo rígido, una estructura muerta donde solo unos pocos privilegiados se dan el lujo de respirar, mientras el resto solo hereda el silencio de los cementerios.
II
“Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y de reunión ilimitada, sin una lucha libre de opiniones, la vida en todas las instituciones públicas se marchita, vegeta, y la burocracia se convierte en el único elemento activo”
R. Luxemburgo. La revolución rusa (1918)
La organización política no puede ser un aparato que le robe la voz a la mayoría trabajadora, suplantando su voluntad como quien dicta una sentencia. Esa deriva hacia el centralismo absoluto —que Rosa olió años antes como quien huele el gas antes de la explosión— transforma al “partido dirigente” en una maquinaria que decide por el pueblo, un fetiche de mando en lugar de ser el espacio donde el cuerpo colectivo aprende a parirse a sí mismo en la práctica política.
La verdadera fuerza de la revuelta late en la autoeducación de la clase, en esa fuerza que solo brota en la acción directa. Si el partido se alza como el único dueño de la verdad, vistiéndose con el disfraz de una “ciencia verdadera y unívoca”, termina asfixiando la potencia creativa de la clase trabajadora. Lo que queda es el cimiento de un mandato autoritario que desprecia la inteligencia de la calle, anulando la capacidad de corregir el rumbo y de crear ideas nuevas ante los desafíos que nos lanza la vida misma.
III
“La democracia socialista no es algo que recién comienza en la tierra prometida, después de creadas las bases de la economía socialista; no llega como una suerte de regalo de Navidad para el pueblo […] La democracia socialista comienza simultáneamente con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista”
R. Luxemburgo. La revolución rusa (1918).
Sustituir los organismos de base del pueblo por la dictadura de una vanguardia iluminada es el primer zarpazo hacia la tragedia y el absurdo, el triste devenir de un funeral anunciado. Para Rosa, la democracia socialista no es una herencia que se cobra en una “tierra prometida” del futuro; es un ejercicio que se vive desde el primer día de la barricada y la organización.
Es un hecho: la historia nos escupió en la cara que, al borrar los consejos obreros y la participación de clase, el poder se precipitó inevitablemente hacia un puñado de jerarcas respingones con traje nuevo. Así, la dictadura del proletariado termina siendo una dictadura sobre el proletariado: una bota estatal, avasalladora y expoliadora, que gestiona el hambre y el silencio mientras se pavonea como revolución.
IV
“Los errores cometidos por un movimiento obrero verdaderamente revolucionario son, histórica y socialmente, infinitamente más fructíferos y valiosos que la infalibilidad del mejor Comité Central”
R. Luxemburgo. Problemas organizativos de la socialdemocracia rusa (1904).
La disciplina revolucionaria tiene que ser un pulso voluntario, un pacto consciente entre iguales, y nunca esa obediencia ciega que se le rinde a un centro de mando autocrático. Rosa puso el dedo en la llaga al denunciar esa tonta mala-praxis de calcar, dentro de la organización, las mismas jerarquías podridas que se juran combatir en nombre de la libertad.
El fracaso de esa apuesta todavía nos quema estómago y alma, resuena hoy como un eco amargo en el movimiento de los que no tienen nada y merecemos todo. Porque un partido que se rige por la pirámide y el frío de la rigidez termina por ser un espejo distorsionado del sistema que odiamos: el mismo autoritarismo de siempre, la misma ladera húmeda donde se amontonan las voces que no encajan en el molde del poder.
V
“La autocrítica, la crítica cruel e implacable que va hasta la raíz del mal, es vida y aliento para el proletariado (…) Pero el socialismo está perdido únicamente si el proletariado es incapaz de medir la envergadura de la catástrofe y se niega a comprender sus lecciones”
R. Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia (1915).
La teoría revolucionaria no puede ser un rezo sagrado para bendecir los caprichos de la cúpula; tiene que ser una herramienta filosa, un tejido que muta y respira con el tiempo. Cuando la idea se vuelve un “cadáver”, un cuerpo tieso y embalsamado, pierde su pulso para entender la calle y se transmuta en propaganda barata, en el maquillaje que esconde las cicatrices de los errores y la voluntad oscura del poder.
Rosa nos arrojó esa honestidad brutal a la cara, como un balde de agua fría frente a los pasos en falso del movimiento revolucionario. Ella sabía que solo mirándose las propias heridas, lamiéndolas con amor, reconociendo el barro en los zapatos, se puede corregir el rumbo antes de que la revuelta se convierta en una farsa de sellos, timbres y oficinas burocráticas.
VI
“La esencia de la sociedad socialista consiste en que la gran masa trabajadora deja de ser una masa gobernada, para vivir ella misma la totalidad de la vida política y económica y para dirigirla mediante su propia autodeterminación consciente y libre.”
R. Luxemburgo y K. Liebknecht. ¿Qué quiere la Liga Espartaquista? (1918).
La emancipación de lxs explotadxs tiene que nacer de sus propias manos, de su propio sudor, rompiendo de una vez con ese fetiche del “líder salvador” o del “comité de expertos” que pretende mascarnos la realidad para luego vomitarla en nuestras bocas. La deriva soviética tropezó en la trampa de mirar al pueblo como una greda mansa, un objeto pasivo que los de arriba deben moldear a su antojo.
Desde el ojo crítico de Rosa, la revolución es un aprendizaje que late, donde los porrazos y los errores valen mucho más que la sabiduría de mármol de cualquier del concilio llamado “comité central”. Porque el brillo de la revuelta no es cambiarle el collar al perro para ver quién gestiona el Estado; el horizonte es que el Estado muera triste, destrozado y escupido en la autogestión de la vida-común, en el ritmo colectivo donde todxs somos responsables de respirar en coordinación.
VII
“El socialismo no es un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una gran y poderosa concepción del mundo […] que busca el libre desarrollo de todas las facultades espirituales y físicas de la humanidad.”
R. Luxemburgo. Carta a Franz Mehring (1916)
La meta final no es el frío crecimiento de las industrias ni el músculo militar de un Estado que saca pecho y poto con arrogancia burguesa; el horizonte es la liberación del cuerpo de todas sus cadenas, desde el hambre de la explotación hasta el grillete de la opresión social. La deriva soviética le dio la espalda al sueño al priorizar el poder del palacio y las cifras de producción por sobre el latido de la vida, traicionando ese fuego que Rosa llamó socialismo y nosotrxs comunismo.
El legado de Rosa, nuestra Rosa… nos susurra un internacionalismo que no se arrodilla ante banderas ni repartos geopolíticos; nos invita a una unidad que se alimente de la diversidad de nuestras luchas, como un enorme río de muchas aguas que ponga siempre la vida —y no el billete ni el mando— en el centro de la historia.
