La Revuelta terminó ¡Hemos ganado! – Revuelta, revueltas y estrategia revolucionaria, Octubre 2026

“Chile será la tumba del neoliberalismo”

Esta consigna popular en la revuelta demostraba un optimismo cortoplacista de que la situación política del país cambiaba radicalmente con la irrupción del 18 de octubre de 2019, junto con una salida constituyente qué llevara a un modelo nuevo, con un estado de bienestar efectivo que aspira a la justicia social, el respeto de los derechos y la dignidad popular. Esta consigna terminó por ser acertada por las razones incorrectas, puesto que efectivamente el periodo de lucha mundial que entre más o menos 2008 hasta 2019, con diversas revueltas y conflictos terminó enterrando la hegemonía del modelo neoliberal qué fue cimentado con sangre y fuego en los años 70, pero su salida en ningún caso ha sido hacia un progreso social, ni siquiera en un sentido reformista o socialdemócrata, si no que solo ha implicado nuevas salidas autoritarias y precarizantes en este momento de transición.

Con la muerte del neoliberalismo se abre un nuevo proceso de acumulación originaria, en busca de solucionar la crisis de valorización mundial y la crisis de hegemonía presente en la democracia en la región, medidas que en nuestro territorio comprende la (re) colonización del Wallmapu y la destrucción del estado de derecho para dar paso a lo que será el nuevo patrón de acumulación y de dominación política. Lo que algunos han estado denominando como tecnofascismo1, sería un nuevo periodo del capitalismo que no implica una salida de este, sino que es caracterizado por el rol del capital de grandes transnacionales de la tecnología como los principales dirigentes de este proceso, véase Elon Musk y Peter Thiel como grandes exponentes que dinamizan y potencian las arremetidas autoritarias de la burguesía a nivel mundial. Por otro lado, la dominación política también se ve afectada por este cambio, con el ascenso de las alternativas autoritarias de la derecha, en su fase conservadora (Trump, Kast) o libertaria (Milei) caracterizan un desplazamiento del panorama político, que deja al liberalismo en un segundo plano frente a estas alternativas. Este periodo también trae consigo una precarización y tercerización del trabajo que genera amplias cantidades de poblaciones excedentes, que circulan a merced del capital cada vez más volátil y disperso.

Mística y mistificación de la Revuelta

En el periodo de la revuelta popular en la región dominada por el estado chileno se dieron peculiaridades que en su mayoría no fueron prácticas únicamente del momento del 18 de octubre, pero se convirtieron en símbolos potentes del movimiento en ese momento. Por un lado, está el fenómeno de la “Primera línea”, la herramienta de autodefensa principal de las protestas, enfrentándose a policías y hasta militares, formada en su mayoría por la juventud proletaria influenciada por experiencias anteriores en los “bloques negros” del ciclo de lucha anterior y las luchas en el ámbito estudiantil principalmente en liceos emblemáticos, con la diferencia del carácter principalmente defensivo de la primera línea, contrario al bloque negro.2

Esta violencia que surge de manera espontánea para contrarrestar la violencia estatal avanzó a saltos importantes en los momentos iniciales de los disturbios, hasta puntos que no se habían visto nunca en el territorio con la masividad que se dieron. Con el pacto por la paz y la deriva constituyente del movimiento se produce un cambio en estas dinámicas, la violencia popular empieza a volverse un fin en sí mismo al obtener un espacio para canalizar demandas mediante la institucionalidad. Algunos grupos llamaron a “no soltar las calles”, por un lado, para presionar la constituyente, por otro para seguir con el proceso de la Revuelta como si nada hubiera cambiado. Ambas tácticas fracasaron estrepitosamente, volviendo las protestas un ritual inocuo y vacío de contenido, una disputa por símbolos de poder que nunca contuvieron poder real en el sistema. La conquista de la plaza dignidad se volvió una guerra de posiciones que el movimiento no podía ganar, mientras que se alejó de los reales objetivos, las redes de circulación del capital que fueron afectadas en el inicio de los disturbios, el metro de Santiago, los saqueos de supermercados, fábricas y farmacias, el bloqueo constante, se alejó de su potencia destituyente.

Por otro lado, la potencia del movimiento feminista fue un baluarte principal previo al estallido y siguió siéndolo durante la Revuelta, las experiencias de lucha pasadas le permitieron dinamizar las asambleas territoriales y el control territorial de los espacios, otorgando un contenido feminista y antipatriarcal que fue central en ese periodo. La crítica fue su arma principal, logrando cuestionar los roles de género en todos los espacios insurreccionales, tanto en el combate, donde se exaltaba la figura del encapuchado masculino como principal, en desmedro de todo el resto (Especialmente cuerpos feminizados), como también en los lugares de organización. Otra práctica importante que caracterizó el momento fueron las performance y otros rituales que se daban en el contexto de la protesta, más concretamente en las protestas territoriales. Fueron un despliegue de arte y combate importante protagonizado por el rol de mujeres y disidencias, un arma de denuncia feminista como la performance de las tesis, que fuera de las intenciones iniciales de sus protagonistas, demostró un fuerte arrastre popular. Así como el movimiento feminista fue protagonista en el desarrollo de la revuelta y la organización territorial, también lo fue en su ocaso y deriva constituyente, alentado por sus dirigencias, este camino solo profundizó el compromiso del movimiento con el progresismo y sus representantes, llevando a la crisis organizativa que lo caracteriza hoy en día.

Los elementos místicos que compusieron la Revuelta fueron los que, en su derrota política ante la capitulación reformista con el estado, en el pacto del 15 de noviembre y en la constituyente, procedieron a mistificarse, a pasar de ser un arma insurrecta a volverse estériles herramientas de quienes buscaban representar la rabia y encausarla hacia los edificios del poder. Las imágenes de los “representantes de la primera línea” en el congreso y las performance por el apruebo son las que han quedado en el imaginario colectivo del proceso de 2019, recuperar la potencia que quedó eclipsada detrás de estas acciones mistificadoras es un trabajo con poca recompensa, pero de primera necesidad para alimentar el movimiento del presente y del futuro.

Asambleas territoriales, cabildos rol y crítica

“La autonomía y la autoorganización son el primer acto de la revolución, y el siguiente se lleva a cabo contra aquellas” (Theorie Communiste)

Las asambleas territoriales se formaron para dar espacios de organización política al movimiento en el ámbito más local, fueron experiencias limitadas, pero con extensión en amplios sectores del territorio, con una masividad importante en lugares con trayectoria organizativa. Una derrota importante para el movimiento asambleario, que terminó siendo definitiva en el contexto del 2019, fue los diversos intentos de coordinación política de las asambleas que fracasaron, y el vuelco electoral de asambleas, coordinaciones y organizaciones que potenciaban el movimiento. Sin entrar en detalles particulares, el acuerdo por la paz del 15 de noviembre fue un golpe que no se comprendió a tiempo, puesto que la euforia era mayor, el movimiento miraba con recelo esta opción, no la aceptaba, pero con el tiempo, más de un mes de disturbios, la restauración caló profundo en las subjetividades asamblearias, la democracia se convirtió en la posición irrefutable antes de que pudiéramos reaccionar.

Hacia 2021 como grupo organizado todavía buscábamos el resurgir de las asambleas en una nostalgia impotente, intentando incluso en el mundo pandémico el articular pequeños remanentes de organización territorial, una pulsión leninista de intentar suplir las carencias del movimiento con voluntad, llamando a las asambleas a tomarse el poder. Dentro de este intento el análisis era contraponer las asambleas territoriales autónomas, con los cabildos y asambleas que se volcaron a lo electoral, pero esto solo caía en un fetichismo de la organización del momento, incapaz de explicar las razones de la derrota. En la realidad, la gran mayoría de participantes del movimiento asambleario depositaron su energía en la institucionalidad, o siguieron en su asamblea para apoyar esto desde fuera. Las redes que resistieron a esto fueron marginales, lo que no las hacen menos valiosas, pero sitúa su sobrevivencia en otra esfera, principalmente la de una composición de clase definida y con una consciencia y disposición revolucionaria previa a las asambleas y a la revuelta.

En las asambleas se hizo más presente que en otros espacios la tensión entre la dimensión negativa de la Revuelta, negadora del capital y la democracia, con la dimensión positiva de construcción “participativa” y democrática, esta última fue la que terminó triunfando y redirigiendo la energía social hacia la democracia, con el proceso constituyente y la posterior campaña de Gabriel Boric. Instalar la idea de “Todo el poder a las asambleas” tenía coherencia en cuanto posición táctica opuesta a la dinámica institucional constituyente, en el contexto previo al 15 N donde se veía organización amplia dispuesta a barrer con todo, pero caía en oídos sordos de asambleístas que veían el espejismo del poder en sus manos en la convención constituyente, para sus efectos el poder de la asamblea se ejercía mediante este proceso.

Criticar las asambleas territoriales es fundamental para criticar nuestro propio accionar y el del movimiento revolucionario durante la Revuelta, para reconocer las limitaciones de las formas de autoorganización de la clase en nuestro periodo y mantener la amplitud de formas y contenidos en que se manifiesta esta. Implica entender que la organización proletaria para la resistencia en nuestro momento actual no será la organización emancipatoria, ya que contiene dentro todas las contradicciones de la organización social del capitalismo. También nos ayuda a situar una de las limitaciones estratégicas importantes de la revuelta, la organización, como forjar redes y coordinaciones horizontales suficientemente fuertes en un periodo de tiempo limitado, con el acecho del estado y la restauración capitalista latentes.

El tiempo de la Revuelta convive con el de la reacción y el de la revolución. No eran 30 pesos, eran 30 años.

“A la hora de la revuelta, dejamos de estar solos en la ciudad” (Furio Jesi)

El tiempo siempre ha sido el tiempo del capital. En épocas anteriores, esta dominación se demostraba con grandes relojes qué marcaban la entrada y salida de la fábrica, los relojes qué eran saboteados por lxs comunerxs insurrectxs. Hoy en día, se presenta en la ausencia de estos símbolos, una omisión de tiempos generalizada que permite la flexibilidad de robar minuto a minuto el plusvalor del proletariado en forma de colaciones omitidas, tareas sin terminar y obligaciones implícitas. La suspensión del tiempo capitalista en los momentos insurreccionales es un fenómeno que se repite en la historia, el reloj como reflejo del tiempo de la fábrica que debe ser destruido para llevar a cabo la revolución es algo casi instintivo. En la Revuelta también vivimos eso, un tiempo suspendido por el bloqueo de la circulación del capital, por la expansión de la insurrección en todo el territorio, que hizo realidad en la práctica lo que la huelga general declarada siempre aspiró a lograr.

En la temporalidad propia de la Revuelta, distinta de la habitual temporalidad de la sociedad burguesa, es posible el momento de la acción proletaria contra su propia existencia, como clase del capital. Ejemplo de esto es visto en acciones contra los elementos que sirven “a todo el pueblo” en su día a día, como el transporte público, los supermercados, farmacias, etc, el sabotaje de estos objetivos da cuenta del rechazo generalizado, aunque no tenga objetivos revolucionarios, existe una complicidad “De que estuvo bueno, estuvo bueno”. Estas dinámicas de ataque contra la circulación y reproducción del capital son una muestra de la acción de la clase contra su propia existencia como parte del funcionamiento del capital.

La Revuelta no tiene objetivos revolucionarios de por sí, no se los podemos pedir, pero en este espacio de tiempo suspendido se propicia la posibilidad de pensar en la revolución.

Con esto para nada queremos decir que toda Revuelta lleva a un cambio positivo, ni menos que tenga como resultado final la revolución, no se puede entender la revuelta como un preludio revolucionario. Las revueltas tienen sus propias dinámicas internas que en algunos casos pueden incluso ayudar a la reacción, pero entender su importancia es ver que cualquier posibilidad revolucionaria en nuestro panorama actual estará atravesada por la Revuelta.

Es difícil hoy afirmar que el estallido de 2019 benefició a quienes lucharon, cada vez son más difusos los cambios producidos por la protesta y es claro que la rabia popular de ese periodo es la misma que llevó a Kast al poder, que rechaza al migrante y que reproduce las lógicas patriarcales más recalcitrantes. Los disturbios no necesariamente favorecen a la clase, de hecho, si hiciéramos un recuento es probable que la sumatoria sea negativa, pero ¿Cuándo no lo ha sido? El éxito de la revolución es la anomalía, puesto que solo es necesario un triunfo, una chispa que incendie la pradera, donde se abra la posibilidad del tiempo revolucionario. La revuelta es el tiempo/espacio de la experimentación práctica.

Es difícil evaluar la utilidad de la revuelta para la revolución, para la estrategia revolucionaria, ya que mientras esta última se ocupa de planificar el mañana, la primera solo se encarga de evocar un futuro distante, un pasado mañana (Siguiendo con Jesi). La revuelta es la exaltación de las contradicciones propias de la sociedad burguesa, que en el grito desesperado permite instantes de un afuera de esta, pero no lo suficiente para plasmarse en una negación definitiva, o siquiera duradera, en cuanto se acaba el grito la sociedad burguesa puede volver a su mismo lugar, o tal vez uno peor.

Es necesario notar que la Revuelta no es nuestra apuesta política, en el sentido de que no es una elección hecha a voluntad, si no que dentro del análisis estratégico del periodo actual de funcionamiento del capital mediante la gestión permanente de la crisis que no acaba, solo se puede concluir que asistimos a una época de los disturbios, la Revuelta es lo que tenemos para hacerle frente a esta realidad.

La revolución se juega su futuro en la revuelta

Es importante reconocer la importancia de la revuelta y las revueltas en las dinámicas generales de la lucha de clases, si bien cada una tiene su particularidad, hay un panorama universal que podemos apreciar, que nuestro periodo histórico está profundamente atravesado por la Revuelta, cada giro importante está y estará marcado por ella. Es imposible comprender el gobierno de Kast sin la revuelta de 2019 como es imposible hablar de la ofensiva de ICE sin la revuelta de George Floyd, o la guerra de EEUU con Irán sin las revueltas previas en ambos bandos.

Tal como la masificación de la industria y el fordismo forjaron las dinámicas de organización y lucha proletarias del siglo XX orientadas al sindicalismo y la huelga general como arma principal, la automatización, el trabajo improductivo y los fenómenos asociados al desempleo, subempleo o informalidad propician una clase fragmentada y alejada de la producción a un nivel tanto técnico como físico, por lo cual el rechazo a la condición de vida proletaria y el combate al sistema se da principalmente en los ámbitos relacionados a la circulación de mercancías, dando paso a la Revuelta como arma principal de la insurrección.

El movimiento insurreccional topa con varios obstáculos en la revuelta, como generalizarse, coordinarse y seguir atacando sin ser capturado por las lógicas de la democracia y del capital. Superar estos obstáculos implica un aumento cualitativo del enfrentamiento, a un nivel que logre un cambio sustantivo e irrecuperable para el Estado-Capital, significa adentrarse de lleno en la guerra civil abierta, en el contexto de su extensión mundial. Esto implica la extensión del control territorial y la coordinación de la vida en lucha contra el ejército, contra el imperialismo y todas las fuerzas contrarrevolucionarias. No es necesario planteares desde la abstracción, procesos como el Zapatista, Kurdo, y más recientemente el de Myanmar muestran la realidad del paso de la revuelta a la guerra civil, estos son una muestra del escenario que el proletariado debe enfrentar a nivel mundial en la generalización de la revolución.

“A diferencia de la Comuna de 1871, Larzac, Notre-Dame-des-Landes y Sanrizuka eran lo que los maoístas solían llamar una «guerra prolongada», luchas que se van transformando mientras duran y que requieren que los ocupantes desarrollen sin cesar maneras innovadoras de habitar el conflicto” (Kristin Ross)

La lucha revolucionaria en el momento actual se desarrolla en forma prolongada, pero a diferencia de los planteamientos maoistas estas no son guerras “populares” en el sentido más propio, sino que son guerras difusas y asimétricas, se encuentran en un plano estratégico distinto, lejos de la alianza entre clases por la liberación nacional, más cerca de la lucha de vidas proletarizadas por habitar un territorio que resista la dominación del capital.

Voluntarismo y sujeto revolucionario, composición de clase

“Ser un partisano de la ruptura es reconocer que no hay un trabajador colectivo —ningún sujeto revolucionario— que de alguna manera esté oculto pero ya presente en cada lucha” Endnotes

El siglo XX fue el siglo de la derrota de la clase obrera y descomposición mediante el reordenamiento de las dinámicas del capital, con ello viene la derrota del sujeto revolucionario, su búsqueda hoy en día tiene que ver más con nostalgia, costumbre y porfía que con estrategia. La burguesía parió a sus sepultureros -el proletariado-, por lo que su composición depende principalmente de las dinámicas internas de organización del capital, lo que determina la importancia de ciertos sectores específicos en momentos determinados. La búsqueda o construcción de nuevos sujetos revolucionarios, aunque se busque alejarse de la noción obrera europea racista y patriarcal, identificar al estudiante, mujeres, disidencias como nuevos sujetos es un esfuerzo inútil y completamente ajeno a la lucha de clases actual, no existe sujeto capaz de afirmarse para llevar a una sociedad emancipada.

Es en esta crisis del sujeto revolucionario y de las organizaciones revolucionarias que irrumpe la Revuelta en 2019. Algunos pregonan hasta el día de hoy que con una organización revolucionaria fuerte esta podría haberse convertido en revolución, no existe afirmación más incoherente. La crisis organizativa, por un desapego del proletariado juvenil y el movimiento antagonista hacia las expresiones tanto del reformismo como de la ultraizquierda neomirista, precisamente es lo que provocó el encuentro de la clase contra el capital, plantándose esta también contra las propuestas de afirmación de cualquier programa revolucionario.

Como ejemplo de esto, el 2018 estuvo dominado por las tomas feministas y el protagonismo de este movimiento, mientras que en ese momento se criticó a este movimiento por “fraccionar a la clase” o “ayudar al estado” al criticar a las organizaciones revolucionarias y sus prácticas nefastas plagadas de machismo, abuso y encubrimiento, ahora podemos ver que sin esta critica que llegó a desbaratar organizaciones la revuelta difícilmente habría sucedido, por lo menos de la forma en que se dio. Los sueños húmedos de poder ejercer el mando del movimiento son solo sueños, puesto que estas preferían quedarse en las dinámicas de competencia interna de federaciones y marchas conmemorativas de siempre, ninguna claridad vino de parte de la izquierda revolucionaria.

Asimismo, otro proceso de fractura se produjo en el movimiento anarquista con el caso bombas, proceso que provocó una crisis importante dentro de los grupos e individualidades del entorno. La arremetida del estado usó todas sus herramientas del momento para perseguir y castigar a todo quien estuviera cercano a este ambiente, el gran fiasco que resultó todo esto dejó lecciones importantes, marcando caminos y alejando posiciones. Lo que en ese momento se vio como un verdadero apocalipsis sembró un precedente importante para el desarrollo de la revuelta que se desarrollaba bajo nuestras narices.

Todo intento previo de canalización hacia una organización formal y consolidación del movimiento que venía en alza fracasó, y precisamente de este fracaso se desató la potencia que estalló en octubre. Así como en Italia de los 70, donde la desintegración de Potere Operaio y Lotta Continua potenció el movimiento de la autonomía en una difusión de la lucha revolucionaria, la falta de control y de programa fue, es y será la fuerza de la Revuelta.

Ahora bien, esto no quiere decir que no sea necesario buscar una mayor organización de las fuerzas insurrectas que se despliegan en la revuelta como forma de concretar la revolución, sino que no hay partido que en su ascenso pueda provocar o actuar en la revuelta para canalizarla en la revolución. Incluso, podríamos decir que el nivel de organización mostrado por la ofensiva proletaria en 2019 fue muy superior que todo el quehacer de las organizaciones formales de los 30 años anteriores, por lo que pregonar la necesidad del partido para que la revuelta triunfe siguiendo a grupúsculos más desorganizados que cualquier olla común, es simplemente ridículo. La imposible tarea de superar (Porque es importante también reconocer que es algo a superar) la organización insurgente de la Revuelta está en forjar, de manera duradera en el tiempo, redes suficientemente accesibles para amplias fuerzas sociales, pero que a la vez sean invisibles ante el enemigo, tanto para evitar ser aplastadas por la represión, como para no ser cooptadas por la democracia.

Para comprender la revuelta identificamos la composición del proletariado con sus especificidades, no para cristalizar ni construir una subjetividad mediante nuestra voluntad, sino que, para evidenciar la acción de la clase y sus motivaciones, alejándose de las mistificaciones. Podemos adquirir intuiciones y posicionarnos cercanos a las líneas de fuga que vemos, pero no se puede ni guiar el camino ni empujar a la clase a la realización de las tareas históricas.

Hoy en día, con la consolidación de la automatización y la tecnología en las industrias, el trabajo mínimo necesario es mucho más bajo que en el siglo pasado, pero eso no ha traído consigo una baja de la carga laboral para la clase, sino que ha creado una masa importante de trabajadores subempleados, desempleados, con trabajos improductivos, informales o precarizados de distintas formas, en conjunto con un incremento del grado de explotación. Este escenario se profundiza especialmente en sectores marginalizados como migrantes, mujeres, disidencias y sectores del proletariado juvenil, esta población sobrante para el capital es la que cobra un especial protagonismo en las dinámicas de la revuelta, los disturbios y el sabotaje a la circulación de mercancías, pero no por ello necesariamente muestran una mayor voluntad revolucionaria, por lo que difícilmente podríamos denominar a estos sectores como un nuevo sujeto revolucionario.

No podemos enmarcar la revuelta en nuestro quehacer estratégico, por el simple hecho de que no sabemos cuándo y dónde ocurrirá, pero si podemos ajustar nuestra estrategia alrededor de la existencia y la importancia de la revuelta. En esto recaen las tareas para las minorías organizadas, los grupos partisanos, construir infraestructura proletaria, redes y contactos que puedan apoyar la actividad insurreccional y reconocer los verdaderos símbolos del poder, las redes de circulación más importantes, la infraestructura del capital que debe temblar ante el paso de la rabia popular. Esto no quiere decir que los grupos pueden iluminar el camino de una masa ciega, sino que, en el desarrollo mismo de la lucha, inmersos dentro del movimiento popular, debe haber un intento de elucidación y apuesta política, con una capacidad de permanencia que el movimiento como conjunto no tiene.

Contra la unidad, por la autonomía de la clase

La creencia errónea que nos habla de que un alza de lucha implica o necesita de un alza de organización para continuar ha tenido grandes consecuencias. La búsqueda por la construcción del Partido Comunista verdadero que represente a la clase trabajadora no ha llegado a buen fin, ni lo hará. Hay largas brechas que separan a las minorías revolucionarias de la clase, debido a la dispersión de la clase propia de nuestro periodo histórico, y también por el peso de la historia, de derrotas, quiebres y traiciones pasadas. Esto no cambiará por lo pronto, y cada intento de lograr la “unidad” es solo un intento de alguna fracción de impulsar su apuesta estratégica de unidad sobre las otras, obviamente sin éxito. La unidad no puede llegar mediante el ceder en aspectos del programa revolucionario, sino que debe significar una real potenciación de las subjetividades que componen esta unidad, debe ser más que la suma de las partes, de no lograrse esto no existe razón de existir.

“El cuerpo colectivo compuesto de otros cuerpos no aumenta su potencia según la mera cantidad de sus componentes individuales, sino en relación a la intensidad del lazo que los une” (Colectivo Situaciones)

Cuando hablamos de unidad es necesario superar la tendencia de la representación de la clase mediante la elaboración de “alternativas” políticas, este terreno solo decanta en los impasses históricos del siglo XX, a la permanencia de la política burguesa y el capitalismo. La lógica de la representación es la que lleva al fetichismo de la forma partido, que se convierte en luchas intestinas que drenan de contenido a todo debate político, no se trata de huir de este último, pues el debate fraterno en la clase y entre grupos organizados es absolutamente necesario, sino que de eliminar la competencia y necesidad de acumulación de los rackets partidarios.

Hoy en día lo que nos parece mucho más crucial que la unidad es la coordinación táctica, principalmente una coordinación de la acción, creemos que está mucho más al alcance del movimiento actual tener este objetivo, por sobre el de la unidad. Esta coordinación, o coordinaciones entre las minorías revolucionarias, serian marcos políticos mínimos en espacios efímeros, con duración limitada, sin aspiraciones de continuar eternamente este funcionamiento, ni de constituir una organización de cualquier tipo. Estos “comités de acción” funcionan en base a la plena libertad, en conjunto con la confianza, cada individualidad u orgánica puede decidir si aportar y cómo hacerlo, operando bajo el consenso de los criterios más básicos para actuar. Tampoco queremos decir que esta idea sea nueva, en el entorno anárquico informal y autónomo es una dinámica que ha existido en distintos momentos, con sus triunfos y sus derrotas.

Unidad en la ruptura

“solo a través de la activación, la intensificación y los intentos fallidos de generalización que la unificación puede algún día ser posible, mediante y a través de una ruptura revolucionaria con la lucha en sí misma.” Endnotes

Con unidad en la ruptura no nos referimos a una unidad momentánea en las circunstancias revolucionarias, puesto que esta está predispuesta a suceder en términos prácticos, aunque no sea de manera formal las situaciones insurreccionales obligan a tomar partido, sea por el orden o por la anarquía. Entendiendo que la unidad del proletariado no es posible mediante la afirmación del sujeto obrero (O cualquier otro sujeto), debe necesariamente destruir esta mediación para unirse en clase comunizadora si es que se busca la profundización de la revolución, la producción comunista.

Por más oscuro que sea el panorama actual, la unidad como perspectiva y objetivo revolucionario debe estar presente, siempre entendiendo que esta cuando exista será tenue, y no corresponderá a la confluencia de proyectos políticos, grupos partisanos, sino que la propia acción de la clase se encargará de suprimir las organizaciones (más no la organización) ahí donde ya no son necesarias, estas pierden su sentido de existencia para fundirse en la clase en vías de su propia extinción.

La única labor de las vanguardias es dejar de serlo, generalizándose en un proceso continuo.

Siempre Irreductibles

La Revuelta Vive

1 Utilizamos este nombre más como disputa de conceptos más que como una adhesión a una corriente o teoría determinada.

2 Para análisis más detallados respecto a este tema ver “Del disturbio a la insurrección” publicado en la Revista Emergentia N°1 y “Tratado para las juventuds en sublevación” del colectivo Colapso y desvio.

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