CARTA PARA NOSOTRXS MISMXS: Un primero de mayo desde el fondo del cuerpo

Por Mate Amargo

Militante de Liberación

Compañerxs, hermanas de la turno de noche y del desvelo, hermanos del metro y del bus a las seis de la mañana, tías que cocinan para familias ajenas mientras la propia queda sin almuerzo, jóvenes que trabajan tres empleos y aún así no llegan. Esto no es una convocatoria. No es un programa. Es una carta. Nos la escribimos nosotrxs mismxs porque nadie más lo hará.

Hoy frente a este nuevo primero de mayo de 2026, mientras el nuevo señor del escudo bordado -escudo que huele a cuartel, a Pinochet, ha desaparecido- anuncia que hay que hacer más con menos, que el Estado gastó demasiado, que somos una carga; mientras el ministro Quiroz firma oficios para desfinanciar 142 programas y borrar de un plumón el Programa de Alimentación Escolar: el almuerzo, la colación, el único plato caliente de millones de niñes; mientras se recorta la salud primaria, la asistencia judicial, el programa de Derechos Humanos, mientras se promete un megarrecorte de seis mil millones de dólares para “sanear las finanzas” de un país que nunca fue nuestro; mientras todo esto ocurre, el gobierno de la derecha extrema se baja cuatro puntos de impuesto a las grandes empresas. El capital se sirve solo. Siempre lo ha hecho.

Esto no es un error de gestión. No es torpeza. Es la política.

Hay una mentira que nos repiten desde el ochenta y que tiene nombre de libertad. Dice así: cada cual se salva solo. Tu pensión, tu indemnización, tu educación, tu vejez: son tuyas, son individuales, son cuenta propia. El gobierno de Kast no inventó esta mentira; llegó a perfeccionarla. Retiró del Congreso la negociación ramal, esa posibilidad pequeña pero real de que trabajadorxs de un mismo sector pudieran fijar condiciones mínimas colectivas. La retiró como quien saca una astilla del cuerpo patronal. Quiere reformular la ley de cuarenta horas, no para protegerla sino para llenarla de flexibilidad, esa palabra hermosa que en la boca del capital significa otra cosa: que tu tiempo no te pertenece, que tu cuerpo está disponible, que la jornada es elástica en una sola dirección.

Dicen “acuerdos individuales” y dicen “modernización” y dicen “libertad de elegir”. Pero nosotrxs sabemos lo que esas palabras producen: la mujer de cuarenta y cinco años con artritis en las manos que no puede cotizar suficiente porque tuvo hijos, porque cuidó a su madre, porque el mercado laboral no tiene lugar para el cuerpo que sangra y pare y envejece. El joven migrante que trabaja 16 diairias para una aplicación que no tiene nombre ni alma. El trabajador subcontratado que no tiene sindicato porque técnicamente trabaja para otra empresa, que a su vez trabaja para otra. La cadena de la externalización es larga y en ella cada eslabón parece libre.

Nosotrxs somos esa libertad.

Aquí entra la pregunta que el Comité Invisible lleva tiempo haciéndonos: ¿Qué es lo que defendemos cuando salimos a marchar? ¿Defendemos los derechos? ¿El salario mínimo? ¿Las cuarenta horas? ¿O estamos defendiendo la posibilidad de seguir siendo explotadxs en mejores condiciones?

No lo decimos con desprecio. Lo decimos con el cuerpo, desde adentro. El proletariado no puede ganar permanentemente dentro del capitalismo porque el capitalismo produce sistemáticamente una población que sobra, que no es rentable, que está de más. Lxs sin trabajo, lxs precarios, lxs que Kast llama “carga fiscal”, los que el oficio de Hacienda convierte en líneas de ahorro de su Excel. Nosotrxs somos esa población superflua que el capital crea y luego administra.

Entonces el primero de mayo no puede ser solo el día en que pedimos un poco más. Tiene que ser también el día en que nos preguntamos qué queremos abolir.

Pero hay algo que el pensamiento revolucionario a veces olvida: el cuerpo no es abstracto. Los cuerpos que aquí se precariza tienen historia, tienen tierra, tienen idioma. Hay un conocimiento que viene de más lejos que el contrato de trabajo. Lo saben las mujeres mapuche que trabajan en las temporadas de cosecha en el sur, que cargan la fruta en sus espaldas y en sus canastos saberes que ningún gerente de recursos humanos va a evaluar. Lo saben los pescadores artesanales de Coronel, las mujeres de la feria, las cuidadoras sin sueldo que sostienen la reproducción de todo. Hay economías del cuidado que el capital no paga porque no puede… si las pagara, el sistema colapsaría.

El cuerpo es territorio. Y el territorio se defiende con otra lógica, no solo con derechos sino con relaciones, con memoria, con lo que se hereda sin firma. La comunización no puede ser solo europea, no puede ignorar que en este suelo hay formas de vida que nunca entraron del todo al mercado y que por eso mismo son reservas de algo que todavía no tiene nombre en el vocabulario del capital.

Y entonces recordamos a Pedro Lemebel, que no solo es subversión de los cuerpos; también es teoría revolucionaria. Lemebel nos enseñó que el maricón del pasaje, la loca de la población, la travesti que maquilla sus moretones y sale igual a la calle, tienen una conciencia política más feroz que muchos que devoran libros y que acumulan citas sin haber pisado nunca el filo de esa intemperie. Que la sobrevivencia cotidiana en el margen es ya una forma de saber. Que el cuerpo estigmatizado, el cuerpo que no encaja en el trabajador modelo (joven, saludable, sin hijos, disponible, eficiente), ese cuerpo en exceso ya es una crítica al régimen.

Kast no solo recorta programas. Kast sueña con producir un tipo de subjetividad: el individuo que compite, que ahorra para su propia indemnización, que elige su AFP, que no espera nada del Estado ni de lxs demás. La soledad administrada. Empuja que seamos un simple ser vaciado de todo vínculo, reducido a su función económica, que flota en la metropólis sin apego, sin comunidad, sin lugar. El gobierno no solo administra la economía. Administra la forma en que nos relacionamos; tiene pulsión totalitaria.

Lo que se ataca, siempre, es la relación. El vínculo. La posibilidad de decir: nosotrxs.

Por eso esta carta no termina con consignas. Termina con una pregunta y con un gesto.

¿Qué formas de vida estamos construyendo mientras la marcha termina y volvemos a casa? ¿Hay cajas de ahorro, ollas comunes, redes de cuidado que no dependan del Estado ni del mercado? ¿Hay huelgas que bloquean, que cortan, que no piden sino que interrumpen? ¿Hay territorios, en los cuerpos, en los barrios, en las tierra, que se están defendiendo no para integrarse al sistema sino para que el sistema tenga que negociar con algo que no puede comprar?

No marchar como súplica sino como acción. Como práctica de lo que queremos que exista. La huelga no como presión sobre el patrón sino como anticipo de un tiempo en que el patrón no existe. La olla común no como caridad sino como forma de reproducción que no pasa por el salario. El comité de vivienda no como trámite ni espera, sino como organización que arranca espacio a la ciudad y fabrica derecho donde no lo hay. La asamblea no como procedimiento sino como modo de ser juntxs.

El primero de mayo es una fecha del movimiento obrero. Pero el movimiento obrero en su mejor momento no quería mejores condiciones de explotación. Quería acabar con la explotación. Eso está escrito en sus actas fundadoras y olvidado en sus congresos. Hoy que Kast viene a quitarnos lo poco que teníamos, vale la pena recordar para qué es la lucha. No para tener más dentro de lo que existe. Sino para que exista algo distinto.

El capital nos necesita separadxs. Nosotrxs nos necesitamos juntxs.

No como multitud abstracta. Sino como cuerpos concretos, con nombres, con historias, con barrios, con lenguas, con deudas, con cansancio y también con rabia. Con esa rabia que no se apaga con elecciones ni con reformas. Con esa rabia que sabe que este sistema no se reforma. Se interrumpe.

Hasta que lo comunitario sea la norma y el capital la excepción.

Con amor y fuego

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