Ramiro, extraído desde su libro “Un paso al frente”
Introducción
El año 86 fue marcado como un año especial, era el “año decisivo” considerado por el PC como el momento en el cual se lograría el término de la dictadura de Pinochet, y se preparó a consecuencia de esto, la internación de armas en carrizal bajo mostró el grado de ambición, la determinación de acabar físicamente con el tirano era una necesidad tanto política como ética. Las protestas de julio de ese año marcaron la ofensiva popular, pero también mostró las limitaciones del movimiento, la lucha callejera tuvo un despliegue inaudito para el periodo incluyendo el combate espontaneo y autónomo (Aunque claramente influenciado y potenciado por las organizaciones político-militares) a lo largo del territorio, más esto no fue suficiente para escalar al derrocamiento de la dictadura. A pesar de los esfuerzos, la coordinación entre el fervor popular y la capacidad operativa de las organizaciones no se logró a tiempo, la capacidad material llegó tarde para armar al pueblo, por una indecisión del Partido Comunista a generar un escenario que no pudieran controlar y por las dificultades propias de la organización clandestina en dictadura. Lo cierto es que el tirano sobrevivió, siguió gobernando y aseguró la continuidad de la dictadura, la rabia y el sufrimiento de la clase fue redirigido hacia el terreno democrático y electoral, pactando la impunidad política y económica de los verdugos mediante el espectáculo de la transición democrática.
Rescatamos el relato de Ramiro como un ejemplo de consecuencia 40 años después del intento de tiranicidio, sigue encerrado en las garras del estado, después de la llegada de la democracia, después de que todo el espectro político del sistema ha gobernado, la dominación sigue siendo la misma, el sistema capitalista heredado de la dictadura solo ha sido tapado, revestido e incluso mejorado por los gobiernos de izquierda (Con cooperación incluso del PC). Su lucha ininterrumpida contra el capital, en la clandestinidad, en la lucha internacionalista, y en la cárcel es digna de la admiración de todxs lxs revolucionarixs.
¡Libertad al Comandante Ramiro!
Liberación
La decisión de atentar contra Pinochet no la tomó exactamente el Frente, la tomó la Comisión Militar del Partido Comunista. A mí, que sólo era un jefe operativo, se me informó de la misión como a un participante más. Tampoco sé exactamente cuándo se tomó esa decisión, pero tengo la certeza que la idea de ajusticiar a Pinochet se empieza a trabajar desde el año ochenta y cuatro. Rodrigo le entrega la misión de planificar esa acción a Miguel (Rodrigo Rodríguez Otero, también conocido como Tarzán), que desde ese momento empezó a andar a la caza de Pinochet, haciendo diferentes planes. Yo participé en uno de esos intentos, el que se realizó en las cercanías de la FISA. Rodrigo me hizo un vínculo para encontrarme con ese compañero, y así tuve un nivel de participación en el intento de colocar explosivos que estallaran al paso de la comitiva de Pinochet. Por eso yo sabía que Pinochet era un objetivo.
En mayo o junio del ochenta y seis, mientras estaba a cargo de una estructura independiente que respondía sólo al jefe del Frente, Rodrigo me comunicó que debía colocar a punto al personal con el que yo contaba, a todos los compañeros de esa estructura, para una misión “de envergadura”. Eso es todo lo que me dijo en un principio. Pasaron unos quince días hasta que me comunicó de qué se trataba la operación, aunque no me dijo dónde se realizaría ni nada muy específico. Me explicó someramente que era una operación para ajusticiar al tirano mediante una emboscada, y que yo tenía que hacerme cargo de que el personal estuviese bien dispuesto, que si veía flaqueza en alguno debía apartarlo. Ya en agosto me informó que la fecha se aproximaba, que debía concentrar al personal y plantearles a los compañeros de qué se trataba la misión, sin decirles el objetivo, nada más que se trataba una operación de envergadura y de disposición voluntaria. Debía planteárseles que en esa operación había un cinco por ciento de probabilidades de salir con vida (eso no era tan exacto, aunque sí se corría un gran riesgo). Cuando les hice la pregunta a los compañeros rodriguistas que estaban en mi estructura, yo ya tenía una idea general de la operación, y en un comienzo estaba efectivamente concebida de modo que había pocas posibilidades de salir con vida, porque no había una retirada planificada. La emboscada estaba concebida sin los carros de retirada que se agregaron después. Una vez ejecutada la emboscada debíamos replegarnos hacia el cerro, lo que significaba que nos perseguirían con helicópteros, con perros y con todos sus recursos. Para llegar a Santiago a través de los cerros, por los faldeos de la pre-cordillera, nos hubiésemos demorado casi un día.
Cuando Rodrigo me comunicó cual era el objetivo, sentí una mezcla de alegría y orgullo, porque pensé inmediatamente en la dimensión del hecho, sentí el peso de la responsabilidad. Evidentemente, también sentí temor al analizar que, con mucha probabilidad, eso fuese lo último que hiciera. Pero sabía que valía la pena, o me auto convencía de ello. Era muy difuso pensar en los torturados, en los muertos, entonces, durante ese proceso, yo focalizaba mucho mi voluntad de participar en esa acción, y de su justeza, en la figura del Chicho[1] . Como mencioné anteriormente, para el golpe militar de 1973 yo tenía 14 años, y recuerdo con claridad a mi papá escuchando las últimas palabras de Allende por la radio. Mi padre era un socialista de larga trayectoria, amigo de Allende, y escuchó muy solemnemente ese último discurso. Por eso para mí quedó una admiración y un respeto muy hondo por Allende, por esas últimas horas en que se comportó con gallardía, con coraje, con una fibra increíble. Él era un tipo que tenía más de sesenta años, médico, que se inclinaba por la vía pacífica, y sin embargo, mientras otros que eran más cabeza caliente arrancaron o se asilaron, él murió ahí, defendiendo el proyecto de la Unidad Popular. Entonces yo, en esos minutos de tensión que me tocaron vivir, me imaginaba qué pasaría por su mente cuando llegó la hora de cumplir con lo que había dicho, que de La Moneda lo iban a sacar muerto: “Yo aquí me muero, esto es lo último”. Para eso hay que tener coraje, para ser capaz de hablar como lo hizo por la radio; para dar ese último mensaje hay que tener templanza, tener la fibra de un hombre con convicciones, con dignidad. Eso me animaba mucho.
También pensaba en cuántos chilenos querrían estar en el lugar donde yo iba a estar, muchos chilenos que vivieron en carne propia la represión y sufrieron los atropellos a sus derechos, o que perdieron a sus personas queridas, los hijos de los desaparecidos, o los hijos de los torturados, que cargaban una tremenda rabia, un gran odio; entonces me decía a mí mismo que era un privilegiado, porque yo no fui tocado íntimamente desde ese modo, y sin embargo podía estar ahí, en esa posición. Sentía, entonces, que debía canalizar y transmitir a través de mi acción toda esa rabia, todo ese odio que había en muchos compatriotas. Finalmente, me sentí tranquilo y honrado de poder participar de esa tarea. Eran por lo general pensamientos muy concretos. Después, para vanagloriarse, uno puede decir, mentirosamente: “Yo pensé en la trascendencia histórica del hecho”, o que “íbamos a quedar inscritos en la historia de este país”. Pero no, no pensamos nada de eso.
En términos más particulares, pensé también en dos cuestiones: en primer lugar, en Mauricio Arenas, que no estaba considerado en un comienzo para participar en la acción, porque había otro jefe, y él ya me había reprochado por no haber podido estar en el rescate de Fernando Larenas (porque finalmente no fue autorizado). Para esta misión, Rodrigo me dio una orientación para el reclutamiento de los combatientes, me dijo: “Yo no quiero que vayan todos los mejores jefes, porque hay pocas probabilidades de salir con vida, y si efectivamente sucede lo peor, vamos a quedar muy debilitados. Deberían ir sólo algunos jefes y buenos combatientes”. Finalmente conseguimos que fuera Joaquín y que también se incorporara Víctor Díaz, aunque por su nombre fue más difícil que él fuera, el Partido no quería que lo hiciera, pues su filiación, infelizmente, pesaba para él.[2] Rodrigo sabía que eso le traería problemas. Que haya decidido incorporar a Víctor Díaz tiene que ver con el modo en que Rodrigo se las jugaba. Cualquier otro, para no tener problemas con el Partido, no lo hubiese sumado. Pero él pensó en el hombre, en el combatiente, en el militante que tenía méritos de sobra para ir. Su nombre no podía seguir siendo un estigma para él, además, era uno de los que estaba desesperado por actuar, especialmente porque su padre era un desaparecido, razón suficiente para querer estar ahí. De hecho, cuando yo le comuniqué que participaría de la acción, él no me creía, llegó hasta a llorar, porque anhelaba participar.
Yo no estuve en la elaboración del plan, me incorporé cuando el diseño básico ya estaba hecho. Nos tocó ir a reconocer terreno con Ernesto (José Valenzuela Levi), que era el responsable; yo lo conocí ahí y me pareció un tipo extraordinario, realmente capaz, riguroso, y tuve plena confianza en él. También estaba Miguel, un jefe de grupo que llevaba un buen tiempo en eso. Eran cuatro los grupos, Tamara (Cecilia Magni) era jefa de uno, Miguel era jefe de otro, Mauricio Arenas (Joaquín) era jefe de un tercero y yo del último, mientras que el jefe de la operación era Ernesto.
No trabajamos todos en el plan, ya estaba estructurado. Lo que nos correspondía hacer a nosotros, llegando allá, era acuartelarnos. Solamente a partir de una conversación que tuvimos con Joaquín, en relación con la retirada, hicimos un aporte.
Comenzó como una broma, porque nadie había puesto atención de manera rigurosa en ese aspecto del plan. Me imagino que eran tantas las cosas que tenían que asegurar, que los que estaban desde un comienzo (Ernesto, Tamara y Miguel), dejaron la retirada un poco descuidada, simplemente se pensó en salir por el cerro. Lo realmente importante, lo principal, era el ajusticiamiento de Pinochet, no salir indemnes de la operación. Pero yo no tuve ningún reparo o escrúpulo en planteármelo, aunque se pensara que estaba muy preocupado de cómo salir de ahí.
Empecé a imaginar cómo iba a ser esa retirada por los cerros, de noche: “Nos vamos a perder –pensé–. Si tenemos bajas, van a ser en la retirada”. Entonces traté de pensar enuna modalidad que fuese del todo o nada, para que hubiera posibilidades de salir, porque esa solución a medias era un poco frustrante. Así que con Joaquín comenzamos a conversar y esbozamos una alternativa para la retirada final. Hablamos con Ernesto y le pareció fantástico: “No habíamos tenido tiempo de pensar en eso”, nos dijo. Se perfeccionó la idea, se arrendaron los autos adecuados para salir como comitiva, y así quedó estructurada la salida. Lo que es algo de lo que yo ni siquiera trato de vanagloriarme, porque era un detalle, nada más.
Nuestra jornada empezaba a las nueve de la mañana, a esa hora ya estábamos en disposición combativa completa. Teníamos que esperar una señal que nos mandarían las compañeras que vigilaban el camino, para informarnos del paso de la caravana del dictador. Todos debíamos estar preparados, sólo el armamento no estaba aún en las bolsas. Habíamos hecho prácticas de la salida, y calculamos que nos demorábamos un poco más de un minuto en estar arriba de los vehículos, con todo el armamento en los bolsos. El día que finalmente llegó la señal fue como los otros, cada grupo estaba en su habitación (había cuatro habitaciones en la casa, y sólo los jefes de grupo podíamos salir de ellas). En la espera, los jefes íbamos al living, donde muchas veces estaba Ernesto leyendo, andaba por ahí Tamara, nos juntábamos con Joaquín y con Miguel. Pero la mayor parte del tiempo la pasábamos en las habitaciones, algunos jugando ajedrez, otros haciendo prácticas de puntería con el fusil. Era una situación bastante tensa por lo demás, por el encierro, porque afuera andaba un jardinero que no sabía que había veinte personas adentro de la casa, el creía que había sólo cuatro. Él se dio cuenta de todo cuando vio que salíamos veinte personas y nos subíamos a los autos. Abrimos los portones y el tipo quedó preguntándose qué sería eso (en todo caso no vio las armas, sólo vio los bolsos), debe haber pensado que estábamos robando, llevándonos las cosas de la casa.
De los veinte compañeros que participaron en la operación, nuestra estructura, la estructura especial de la cual yo estaba a cargo, aportó 16 militantes, los otros cuatro eran los jefes de los grupos, que venían cada uno de distintos lados. En un momento, cuando Tamara salió de la operación, y faltó un jefe, llegó Julio Guerra. Una vez que salió Tamara sólo quedó una mujer en la composición del grupo. Tamara tuvo que salir, muy a su pesar, por consideraciones estratégicas, era un riesgo que participara porque tenía mucho conocimiento de la logística del Frente. Era demasiado riesgoso que pudiese ser capturada, sin embargo, ella defendió su participación hasta el final, incluso lloró cuando Rodrigo nos visitó en la casa de acuartelamiento para comunicarnos la decisión. Todos tratamos de persuadirlo, solidarizamos con ella, pero Rodrigo se mantuvo firme en su postura.
Fue muy tenso todo ese día domingo. Cuando sonaba el teléfono todos quedábamos congelados. Había sonado un día anteriormente, pero fue un falso aviso. El teléfono estaba en el fondo del pasillo, y ese día, cuando volvió a sonar los cuatro jefes asomamos la cabeza. Ernesto contestó de espaldas a nosotros, se dio vuelta y nos hizo una seña. Inmediatamente le comunicamos a los combatientes que había que preparar las cosas y salir. Todo empezó a suceder muy rápido, nadie alcanzó siquiera a ir al baño, armamos los bolsos y salimos. Los choferes ya estaban esperándonos. Nos encaminamos hasta el lugar y comenzamos a tomar posiciones. Recuerdo que había unas personas que nos vieron, yo creo que pensaron que éramos excursionistas, porque íbamos con bolsos subiendo el cerro. Llegamos al lugar indicado, desplegamos el armamento, bien pegados a la ladera para que no nos vieran desde la calle. Era la hora del crepúsculo. En ese momento llegó el relajo, la tensión se había disipado, estábamos con las armas en la mano, ya nada podía salir mal.
Una vez que estamos instalados, se vio, como a doscientos metros, en una loma que teníamos en frente, a la comitiva. Venían muy lentamente, con las luces apagadas, hacia nosotros. Tomamos las armas y esperamos. Ya casi estaba oscuro. El grupo de contención, que era el primer grupo, debía parar a la comitiva abriendo fuego con un lanza-cohetes que Miguel debía disparar hacia el primer vehículo de la escolta. Estábamos esperando el estruendo de la explosión, pero lo que escuchamos fue una ráfaga de tiros, porque falló el LOW, no salió, y Miguel se tuvo que tirar dentro de una zanja, porque el primer auto de escolta, cuando vio a un tipo a quince metros atravesando una casa rodante, con una mini USI en la mano, dio unos tiros hacia donde él estaba. Un compañero de su grupo dio una ráfaga en el parabrisas del coche. Los demás autos se tiraron contra el cerro y quedaron parados, porque eran autos muy grandes, unos Mercedes Benz que pesaban varias toneladas y eran difíciles de maniobrar.
Sin la explosión esperada, comenzamos lo que cada uno debía hacer. Yo lo veía todo como en cámara lenta. Vimos a muchos de los escoltas aterrorizados, se notaba en sus actitudes, y no era para menos, porque si uno se pone en el lugar de ellos, debe haber sido impresionante. Cuando se bajaron de sus vehículos vieron quince fogonazos de fusiles disparándoles a veinte metros, la mayoría de ellos se bajaban y se quedaban pálidos, soltaban las armas, salían corriendo y saltaban al barranco. Varios de los que sobrevivieron se quebraron las piernas, por saltar desde veinte o treinta metros de altura, no les importó nada. Los que más resistieron fueron los carabineros, pero ellos sólo eran un auto escolta, el primero, que es el que disparó contra Miguel, pero eso fue todo. También sé que dispararon hacia el terraplén donde estábamos nosotros parapetados, porque alguien hizo un comentario: “Nos están disparando”. Hubo un momento en que habíamos tres que estábamos de pie. De esos carabineros creo que murieron dos, y otros se escondieron detrás o debajo del auto, detrás de las ruedas, y no dispararon más, se hicieron los muertos. El comando de Joaquín pasó con la camioneta despacio mirándolos a todos. No teníamos orden de aniquilamiento, así que no se les remató, la única preocupación era ajusticiar a Pinochet. Si el auto de Pinochet se hubiese quemado, la orden de Ernesto era tocar dos pitazos (andaba con un pito) para pasar al asalto de ese auto. En ese caso hubiésemos tenido que bajar los dos grupos a rematarlos a todos, para asegurarnos de que muriera Pinochet, pero como vimos que el auto de Pinochet ya se había ido, no fue necesario.
No todos nos dimos cuenta inmediatamente de que Pinochet no había muerto. Yo no lo supe hasta después, sólo Joaquín se enteró, porque vio pasar los autos en retirada por la parte de atrás. Me da la impresión que Ernesto también se dio cuenta, porque en la retirada se le notaba una actitud de derrota. Yo ni siquiera me di cuenta que los Mercedes se habían ido, porque ya estaba casi oscuro, y entre el fuego y las explosiones no había forma de enterarse de todo lo que estaba pasando. Había muchas explosiones, porque no eran sólo los lanzacohetes, también teníamos tarros de conserva de dos kilos en los que se había colocado explosivo TNT con una mecha, que se tiraban como granadas, teníamos como quince de esos tarros. Uno de esos tarros cayó debajo de un auto y lo levantó como dos metros (dos kilos de ese explosivo es bastante potente). Entonces era un fuerte bombardeo, con mucho ruido, y nuestro ángulo de visión era estrecho, por eso varios no nos dimos cuenta cuando los autos se fueron. Yo me imaginé que podía ser que Pinochet se hubiese arrancado, porque Ernesto tocó sólo un pito, lo que significaba retirada, es decir, no iba a haber asalto. Pero nadie dijo nada. Y tampoco era el momento de preguntar, no era algo para hablarlo ahí.
Finalmente, nos subimos a los autos y emprendimos la retirada. En el retén de Las Vizcachas tenían la barrera puesta. Nosotros veíamos que nos íbamos aproximando a la barrera y que no la levantaban. Había como treinta carabineros alineados con fusiles, con cascos de guerra, con chalecos antibalas, bien preparados, pero al final se decidieron a levantar la barrera. Se creyeron el cuento que éramos los escombros de la comitiva, así que pasamos y llegamos a Vicuña Mackenna, nos bajamos, dejamos los autos, el armamento, y cada uno se fue según su plan de retirada. Yo me dirigí a un lugar donde me encontré con Joaquín, una casa por el Paradero 14 de Vicuña Mackenna. Llegué después que él, y vi que estaba herido en una pierna, porla esquirla de una granada, así que salimos, llamamos por teléfono y activamos el puesto médico. Fuimos a Carlos Antúnez, en Providencia, ahí nos estaban esperando Rodrigo y Tamara. Llamaron a Joaquín y le preguntaron cómo había salido todo. Fue entonces cuando Joaquín contó que Pinochet logró escapar, de hecho él lo vio y le dio varios tiros en el vidrio, los que hicieron una figura que después Pinochet decía que era una virgen. Esos tiros los hizo Joaquín. Pudo ver que Pinochet estaba tirado en el auto, colocando a su nieto casi encima de él para protegerse. Después que lo curaron, Joaquín se fue y yo me quedé solo en ese lugar, fui a comprar cigarros y pude ver en la televisión a Pinochet haciendo declaraciones. En ese momento, cuando lo vi, vendado, temblando, diciendo que la Virgen del Carmen lo había salvado, hablando las cosas incoherentes de siempre, me sentí más solo que nunca. Me quedé sin entender. Todo lo que había ocurrido en la operación, todo ese poder de fuego, ¡y el tipo estaba ahí, en la tele, hablando, no le había pasado nada!
Yo había visto fuego, pedazos de piernas, de brazos, volar por los aires. A un escolta le llegó un cohete en el cuerpo, lo reventó, y quedaron pedazos por todos lados. Fue un cohete que debería haber reventado en el auto de Pinochet, pero reventó en una persona. En cierto modo ese fue un cohete desperdiciado, pero fueron los azares del momento. Si el vehículo no hubiese tenido cómo salir y se hubiese quedado en un lugar, enganchado por atrás, hubiésemos bajado del cerro, aunque no tuviéramos más lanzacohetes, con nuestras armas de mano y lo hubiésemos rematado a tiros. Lo que cuenta Joaquín es que ya se estaba rompiendo el vidrio blindado con tantos disparos que le había dado, pero se le acabaron las balas, y mientras cambiaba el cargador, el auto consiguió salir. Esas astillas de vidrio, de las balas de Joaquín, fueron las que hirieron a Pinochet en la muñeca. Si hubiésemos podido dar unos diez o quince tiros más en el mismo lugar, podríamos haber metido un cañón para disparar al interior del auto, es decir, fue prácticamente cosa de segundos. Si el auto hubiese quedado atrapado, lo habríamos abierto de una u otra forma. Ya no había nadie para defender a Pinochet, sólo cuatro o cinco escoltas vivos en la carretera, detrás de los autos; los otros habían saltado o estaban muertos, así que perfectamente habríamos podido bajar del cerro y aniquilarlo ahí mismo, rápidamente. No tenía ninguna chance. Habríamos tenido una hora antes de que llegaran refuerzos, tiempo suficiente como para estudiar cómo abrir las puertas, o que él pensara en la rendición. Hubiésemos estado nosotros con Pinochet a solas. Pero no fue así.
Nunca nos imaginamos que los lanzacohetes iban a fallar de la manera en que lo hicieron. El auto de Pinochet tenía un impacto de un cohete que rajó el chasis, y eso fue por el ángulo de tiro, lo que es algo muy fortuito, porque no estábamos en una superficie recta para tirar. El ángulo fue un poco inclinado, y el techo era algo cóncavo, entonces pasó lo que ocurre cuando uno tira una piedra a ras de una superficie de agua, hace sapitos, eso fue lo que hizo el cohete, y la fricción quemó el techo, abrió un surco. El otro cohete golpeó en un costado, pero no reventó, siendo que otros sí habían reventado, porque los dos autos de los escoltas explotaron. Entonces uno piensa que si el combatiente que tiró el lanzacohetes que explotó en el auto de escoltas hubiese estado en otro lugar de la formación, pudo haber acertado al auto de Pinochet, destrozándolo.
Ahora, con el tiempo, puedo decir que cometimos errores en la planificación. No sólo en relación con el armamento que se utilizó. Después de la acción todos decíamos: “Por qué, tal como se cerró el frente de la caravana, no se cerró del mismo modo atrás. Para dejarlos encerrados, así no hubiesen tenido por dónde salir”. Se confió en que el peso principal de la operación estaba en el centro, y que la comitiva iba a intentar salir por adelante. La retaguardia de la operación descansó en un único vehículo, la camioneta donde venía el grupo de Mauricio Arenas, que cerraba el paso. Pensamos que eso iba a ser suficiente, porque se apostó al aniquilamiento inmediato mediante lanzacohetes. Eso estaba bien concebido, porque los vehículos quedaban a no más de diez metros de la línea de fuego del grupo de asalto con lanzacohetes (habíamos seis lanzacoheteros), y el blanco era suficientemente grande, del tamaño de una mesa, viéndolo desde arriba; eran seis cohetes para tres autos, es decir, ¡dos lanzacohetes por auto! ¡No había cómo fallar!
El problema fue de tipo técnico, estaba en los mismos lanzacohetes, y nosotros lo sabíamos (eso es realmente un contrasentido nuestro). Sabíamos que de tres lanzacohetes de tipo LOW, uno falla, es decir, de seis sólo podíamos contar con cuatro. A eso hay que sumar las fallas que se pueden producir en la manipulación, algún error del combatiente, que puede reducir la cantidad a tres, con lo que ya quedamos justos, uno para cada auto. La solución a ese margen de error era usar los RPG7. Evidentemente, el problema de ese tipo de cohetes es que es menos operativo, porque mide como un metro y medio de largo, y la recarga es complicada, tienes que tener un ayudante. De hecho, había un RPG en la operación, pero quedó ubicado donde estaban los autos, como a cien metros de la emboscada. Tal vez uno no hubiese hecho la diferencia, habría que haber tenido uno para cada auto, porque es casi seguro que ese tipo de armas no falla. Los LOW tenían más fallas, porque venían de la guerra de Vietnam, es decir, tenían unos veinte años de antigüedad. Eran armas que los americanos dejaron abandonadas en Vietnam. Pero nosotros confiábamos en los criterios de los compañeros que estaban a cargo de la operación, de Ernesto y Miguel, que tenían un buen nivel de formación militar. Cuando llegamos, ese armamento ya estaba, los fusiles M16 y los lanzacohetes LOW, y nos imaginamos que todo iba a funcionar bien. He escuchado la teoría de que el Partido decidió usar en el atentado cohetes LOW y no los RPG7 soviéticos, que son de mayor poder, para no involucrar a la órbita socialista en el atentado ni provocar un conflicto mayor. Yo creo que la logística que se usó fue condicionada más bien por el punto de vista táctico, ya que por las dimensiones, por el enmascaramiento necesario para situarnos en la emboscada, eran mucho más prácticos los LOW, que son más pequeños. Los RPG7 eran más difíciles de enmascarar. Claro, son mucho más eficientes al explotar, y se sabía que los otros tenían fallas, pero pensamos que eso se podía suplir disponiendo de una mayor cantidad. Puede que algún asidero tenga la tesis de que era mejor usar el armamento americano, para no ofrecer a la dictadura la oportunidad de sostener que la operación había sido orquestada desde el exterior, con logística soviética.
Lo otro que debimos considerar fue poner atrás de la caravana un camión tolva, para que no hubiesen tenido posibilidad de escape de la emboscada. Pero, claro, por cosas operativas, era mucho más difícil poner un camión atrás que una camioneta. La camioneta comenzó a perseguir a la comitiva disimuladamente, porque podía llegar rápido, en cambio un camión se iba a demorar mucho más, además ¿dónde conseguir un camión tolva? y, ¿dónde lo escondes? Son complicaciones operativas, aunque pudieron haber sido resueltas.
SER RODRIGUISTA
Extracto del último capítulo del libro
Ser rodriguista me posibilitó luchar por algo en lo que yo creía y sentirme pleno. Aunque llevo catorce años preso en esta cárcel, no cambiaría mi vida; la cárcel no me hace mella, porque la vida no se valora en años, sino por la intensidad con la que tú has vivido. Las cosas que viví no las habría experimentado si hubiese llevado una vida “normal”. Aunque no descarto que haber vivido una vida normal también pudo haber sido interesante, pero nunca tan intensa. Pude haber tenido hijos, tomar otros caminos; me hubiese gustado, por ejemplo, ser astrónomo, pues ese tema me fascina, pero no fue así, uno no puede hacerlo todo, opción significa renunciar a otras cosas.
Ser rodriguista ha sido mi vida, yo he sido eso, fui eso, soy eso y seré eso. En ese sentido, me interpreta mucho la canción El Necio, de Silvio, cuando dice: “Yo me muero como viví”, porque mi ideal, mi utopía, continúa viva. Sé que estos son otros tiempos, pero el horizonte utópico para mí permanece intacto.
[1] Modo familiar con que las personas cercanas a la Unidad Popular se referían a Salvador Allende
[2] Víctor Díaz Caro era hijo de Víctor Díaz López, obrero gráfico, dirigente nacional de la Central Unitaria de Trabajadores, y Subsecretario General del Partido Comunista, quien fue detenido y desaparecido en 1976.
