En Defensa de “La Teoría como Cadáver”.
Sobre el Comunismo de Liberación
Por Juana Antonia Morán
Militante de Liberación
El dogmatismo fue la autopsia de la teoría. El pensamiento vivo se convirtió en un cadáver, incapaz de reconocer la derrota o aprender del fracaso. Las verdades reveladas se alzaron como lápidas, enterrando toda experimentación. La teoría murió y nació la ideología: ropaje vacío que justificaba el poder inmovilista. Ni Dios ni Su verbo pudieron tanto como la fe ciega en el materialismo vulgar y el decreto, una mezcla mortal de dogma y burocracia que aniquila todo libre pensamiento y acto emancipatorio.
(Ideas y Fundamentos del Comunismo de Liberación, Liberación, 2025)
Las ideologías revolucionarias que levantamos hoy en día están muertas por culpa nuestra. Anarquismo, Marxismo, -Leninismo, Comunalismo, Autonomismo, por mencionar algunas, son las ideologías por excelencia de los movimientos y agrupaciones oprimidas por la tríada Patriarcado-Estado-Capital (PEC) a escala histórica en el mundo. En nuestro contexto, encontramos una pérdida de la fuerza y el alcance de la revolución. Aquellos sectores anticapitalistas y revolucionarios que pregonan del alzamiento popular organizado convocan a su sector y no logran solucionar los problemas de la clase a un nivel material tangible como para ser considerado en la mayoría de nuestras regiones del Cono Sur.
El grueso de nuestro pensamiento apunta a la emancipación del pueblo, de las masas oprimidas por el PEC, en miras de la destrucción de la burguesía y la gestión de la estructura socioeconómica de nuestro territorio por nosotrxs mismxs. La liberación de las culturas y la recuperación de todo lo que nos ha alejado de desarrollarnos plenamente de la mano con nuestrxs pares. En teoría, por útopico que suene, es el ejercicio que constantemente intentamos hacer en nuestro quehacer diario.
¿Por qué el grueso popular no está encantado con estas ideas? ¿Por qué lo emancipatorio no emancipa hoy en día? ¿Por qué las grandes teorías que en algún momento ofrecieron alojo a lxs desproveídxs y despojadxs ahora son meramente sujeto de admiración académica y creencia reducida?
Nuestras ideologías tendimos a cuidarlas y quererlas como hueso santo. Nuestras lecturas siguen remitiéndose a aquellos textos de 1840, 1848, 1867, 1892, entre otros de aquellos años del pasado donde el movimiento socialista estaba en su temprana construcción y unificación en contra de un enemigo mucho más explícito y visible. Nuestras ideologías se han quedado en su desarrollo en esos años y eligen ser ciegas a los radicales cambios sociales, culturales y políticos que han ocurrido en estos últimos ca. 237 de modernidad e ilustración. En todos estos cambios no solo ha mutado horrorosamente la estructura socioeconómica, sino que han entrado popularmente actores políticos que hasta hace unas cuantas décadas solo se llamaban “hombres”. Hoy en día incluye “mujeres, disidencias, racializadxs, discapacitadxs” (y quienes tengan que incluirse). El texto centenario evidentemente no hace entendimiento de las conceptualizaciones de raza y género contemporáneas.
A medida que nos ceñimos a una teoría rígida e inconsciente de las complejidades contemporáneas propias de nuestra enorme sociedad occidental, nos predisponemos a la pérdida de la necesidad de la revolución y por consecuencia a la muerte. No adaptar nuestros sistemas de pensamientos y valores por mantener las éticas colectivas de Siglo XX es fundamentalmente mantener esquemas asesinados por las cadenas del imperialismo.
El dogmatismo es un fenómeno que atraviesa a la más libertaria y le más autoritarie. El producto inmediato de cuidar la teoría como quien cuida su flor bella del jardín, es el establecimiento de límites discursivos que se restan de tensionar conceptos y aproximaciones que pueden ser un beneficio directo a nuestra gente. Esto es un peligro. Restarse de espacios determinados, incluso cuando están de nuestro propio lado, propicia la atomización revolucionaria. No asistir y conocer las ideas de quién piense distinto, cuando este sigue buscando la revolución, genera el estancamiento y retroceso del avance popular.
La pérdida de la utopía y horizonte revolucionario no fue meramente la victoria del capitalismo desenfrenado, fue el fracaso de una izquierda revolucionaria cada día más resentida con quienes atentaron contra su santo dogma. Mientras una Unión Soviética tomó el cientificismo, el materialismo histórico y la dialéctica materialista como habitación irremodelable para alojar a lxs comunistas de Siglo XX, las heterodoxas mentes críticas se distanciaron de la disputa cultural de las ideas y el ejercicio ensayístico de nuevas potencialidades. La discusión se divide en el “no se aplicó lo clásico de buena forma, por eso fallamos” y en el “lo clásico es totalmente inútil y solo sirvió para un nuevo capitalismo de Estado”. A medida que la discusión se centra en esa riña histórica, se elige cegarse a que la teoría revolucionaria es precisamente eso: teoría.
La teoría está construída por una multiplicidad de conceptos, otros más fundamentales que otros, que se desarrollan, vinculan y discuten para darle al movimiento una matriz sólida sobre la cuál construir revolución. La historiadora anarquista Zoe Baker1 define los componentes de la ideología anarquista política en cinco pilares:
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Un marco teórico para pensar sobre lxs humanxs, la sociedad y el cambio social.
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Un conjunto de principios éticos que conforman el sistema de valores del anarquismo.
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Un análisis y crítica de las relaciones sociales y estructuras existentes en términos de su fracaso para promover esos principios éticos.
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Una visión alternativa de las relaciones sociales y estructuras, posible de lograr y sea capaz de promover estos principios éticos.
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Una serie de estrategias (consistentes con los principios éticos) para abolir las relaciones sociales y estructuras existentes en miras de las alternativas propuestas.
Estos pilares en tanto aplicables a cualquier sistema ideológico revolucionario, muestran que los conceptos que usamos, los espacios que ocupamos y cómo los ocupamos denotan un sistema profundamente ético y moral de nuestra sociedad y la potencial que queremos. Es por tanto, que postular una nueva sociedad libre de opresión y dominación es una postura ética y moral. De tal modo, si nuestra ética es querer algo nuevo, mantenernos en cierre a discusiones que afloren esta novedad, es un acto antiético en nombre de nuestra ética.
Los conceptos de cualquier ideología (en realidad los conceptos en general) están, en un sentido teórico intelectual, vivos. Estos mutan libremente y se adaptan al hablante que lo ocupa cien años después. Es inevitable que una palabra deje de significar lo que significaba originalmente. La palabra literalmente, literalmente, ya no significa que algo es literal.2 Por lo mismo, “marxismo”, “anarquismo”, por dar un ejemplo escueto, ya no significan solamente “el alza proletaria y la toma de los medios de producción” y “abolición y destrucción de todas las jerarquías y poderes dominantes por la liberación de los obreros”, respectivamente. Significan desde la mera reacción emocional, la reacción sensible, el foro académico, hasta la construcción política concreta que se realiza con esas banderas de lucha. Construcción política, que por cierto, y como se mencionó previamente, involucra una cantidad de sujetxs políticxs que antes derechamente no existían en el imaginario revolucionario.
Que no se sobreentienda que queremos matar la teoría. Todo lo contrario, cada pieza de teoría es profundamente necesaria para tener una mirada revolucionaria capaz de apoderarse de sí misma colectivamente. El problema es cuando no adaptamos nuestros sistemas de pensamiento a las vicisitudes de nuestra historia reciente y nuestro presente. Es ahí cuando inconscientemente matamos la teoría. Todo por un purismo ideológico donde nuestro marco teórico debe quedar incólume tras su exposición y lectura.
Nuestros rechazos a ciertas discusiones deben tener límites rigurosa y claramente marcados. Nuestra elección sobre con quién no tranzamos dice tanto como con quiénes decidimos trabajar. Darle la mano al marxista clásico no tiene las mismas razones que tiene el rechazar, aborrecer, ridiculizar, odiar, disgustar, menospreciar justamente y criticar a partidos que, con una falsa bandera de izquierda, han monopolizado la revolución y disuelto lo que esta significa y requiere, para mantener el capitalismo en funcionamiento para así mantener su poder burocrático, institucional y económico estatal.3
No se tranza con quienes replican el Patriarcado, el Estado y el Capitalismo. No obstante, no discutir sobre las ideas que apropió el PEC, solo nos aleja de construir un relato que permita unificarnos e identificarnos como revolucionarixs y como clase. La teoría debería ser un ente que nos posicione claramente en nuestra metodología y nuestros objetivos. También un sistema de pensamiento que suscite el desacuerdo y nos ayude a construir desde la inconformidad con nuestrxs compañerxs y superar el conflicto. Esto es, una forma mutable y concreta de mirar la sociedad. No un escrito predeterminado que se cita como la Santa Biblia de Dios.
1 Historiadora británica, trans y anarquista que traza en su libro “Means and Ends” (Los Medios y Los Fines) la trayectoria del anarquismo de Siglo XIX y XX en Europa y EE.UU. Referirse a su libro mediante theanarchistlibrary.com
2 Perdonen el chiste semántico.
3 En Chile, hablo del PC, el PS y el FA, por si no se subentendió que me refiero a ellos. El profundo desagrado que les guardo se queda corto en 4 líneas y un pie de página.
