Por Tiuque
Militante de Liberación
La comuna
Este 18 de marzo se conmemoran 155 años desde que Paris experimenta uno de los primeros levantamientos populares en la historia contemporánea del mundo. La comuna es el resultado del fracaso militar del viejo orden, y el deficiente actuar de los sectores moderados, tras ser arrastrada la clase trabajadora francesa a una guerra con Prusia (actual Alemania), y ser derrotada. La vergüenza, la devastación, y la miseria que traen las guerras entre estados, propicia una subversión que toma por asalto a París, en donde confluyen distintas corrientes políticas: desde antiguos jacobinos de la primera revolución Francesa, hasta miembros de la primera internacional, en donde conviven tendencias socialistas, comunistas, y anarquistas.
La comuna es la asociación libre de todo aspecto político, económico, cultural y social de la ciudad. París se volvió una red, un rompecabezas de barrios, agrupados en distritos; de éstos fueron escogidos en libre elección 92 delegados que formarían el “consejo comunal”, consejo mixto en ideas, pero unido en la determinación de salvar al pueblo de Francia de la deshonra del conflicto salvaje en que se encontraba.
Aquí vemos cómo la comuna se vuelve la unidad política mayor, que organiza la vida de los y las parisinas. No es una estructura que somete a las demás, sino que es la simbiosis de las distintas ramas de la sociedad que se unen y levantan el hogar de toda una comunidad, en donde cada individualidad habita libre, con derechos y deberes claros. Se viven las promesas de la primera revolución de Francia: las consignas libertad, igualdad, y fraternidad son la realidad material en la comuna, y el espíritu revolucionario invade a hombres, y a mujeres, en donde estas últimas demuestran que la lucha organizada de las mujeres no es solo un eslogan, es algo primordial que debe existir en cualquier proyecto revolucionario futuro. Las mujeres no esperan el permiso de sus compañeros masculinos para llevar a cabo su liberación.
Le vuelven a dar vida a una ciudad, que hasta hace poco bajó la asamblea nacional. Habían dado por muerta, entre el asedio de las fuerzas Prusianas, y el ejército reaccionario de Adolphe Thiers (presidente de la tercera república de Francia). Los comuneros toman fábricas, crean cooperativas de alimentos, se elimina la renta de un hogar, y las deudas que alguien pueda llevar, la abolición de la pena de muerte, y la quema de la guillotina, simbolizan el tránsito hacia un nuevo futuro, eliminando el odio del pasado, y su chovinismo político, en la defensa de la comuna, la guardia nacional, (milicia de ciudadanos de París), se vuelven la bayoneta de la joven revolución, en donde se apoyaba toda la defensa de la comuna.
La contrarrevolución
Pero la comuna estaba atrapada entre el cañón de la ocupación extranjera de Prusia, y la espada del nuevo orden del gobierno republicano de Thiers. En esta dicotomía la comuna se posiciona como una fuerza rupturista, no toma partido por una causa “nacional”, ni se deja someter por potencias externas.
El sentimiento que había despertado a las mentes de la comuna sucedió por el quiebre del viejo orden tras su guerra con Prusia. La situación del proletariado francés estaba muy deteriorada, pues perdió no solo seres queridos en las sangrientas batallas, sino también la economía de guerra había dejado en la quiebra al bajo pueblo, y la deshonra del armisticio, de una guerra en donde la aristocracia, la burguesía, y los intelectuales nacionales que clamaban la necesidad del conflicto. Pero solo pusieron sus palabras, mandaron sin dudar al campesino, al obrero y al soldado raso a una muerte cruda, en pos de la idea de nación, la nación que mastica y escupe al ser libre, cuando ya no sirve, cuando no entra en el modelo de productividad, si es que no reproduce los estándares sexo-genericos, o capacitistas.
Y no importa el color del estado, nación o patrón que te domine. El estandarte de la Prusia mostraba un águila en vez de un gallo, pero quien porta el pendón es el mismo: la clase une, la nación divide. Durante la comuna se hacían llamados al proletariado germano, de ayudar a sus hermanos franceses, en un levantamiento europeo total, para quebrar a emperadores, ministros e industriosos, pero estos intentos fueron en vano- El ejército Prusiano tenía toda la intención de aplacar la insurrección comunera por ellos mismos, para que su influencia no llegará a sus tierras, pero negociaron con la nueva república para que fuera ella misma quien reestableciera el orden, para defender la institucionalidad y devolver París a la clase dirigente.
Una política, que se argumenta como un error de la comuna, fue la no expropiación del banco de París, y esta es una crítica válida. El banco, como la guillotina, tuvo que haber sido quemado, los capitales nacionales no fueron neutrales en el conflicto, financiaron el ejército republicano de Versalles, que consecuentemente derribo a la comuna. El respeto por ciertas instituciones del viejo orden llevó a que ese orden renovará fuerzas. Los sectores más moderados de la comuna fueron atrapados en estas disyuntivas, sobre qué hacer con ciertas instituciones, políticas, económicas, y sociales. La única organización que tenía una idea más o menos clara de qué hacer en estos términos, fue la sección de la internacional en París, que tuvo un proyecto revolucionario en el cual sostenerse.
Pero cuando los fusiles republicanos se oyeron en las afueras de París, abriéndose camino entre las barricadas, ningún programa político se pudo sostener, la defensa de la comuna recayó en las y los comuneros, milicias barriales que peleaban con sus herramientas de trabajo, contra cañones financiados por los capitales nacionales, y extranjeros. La matanza fue de proporciones bíblicas, las calles se tiñeron de rojo carmesí, color que se volvería no solo símbolo de la comuna, también de toda revuelta, insurrección, y revolución de la clase trabajadora.
Lo que quedó
Entre la balacera caían los y las mártires de la primera revolución socialista de la historia. La reacción hizo un espectáculo de la masacre, se burlaron de los muertos de la comuna, los maldijeron, los usaron de ejemplo para que nunca más hubiera un levantamiento de esta magnitud. Los traidores apuntaron a diestra y siniestra, culpando o delatando a cualquiera que fuera un comunero. La mayoría tomaba la acusación con orgullo, como Louis Michel, quien se entrega para salvar la vida de su madre: “No me quiero defender. Pertenezco por entero a la revolución social. Declaro aceptar la responsabilidad de mis actos.(…)Ya que, según parece, todo corazón que lucha por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de esta Comisión.” (Declaración de Louis Michel en su juicio). El exilio era el menor castigo que se podía entregar a quienes dieron su vida para ayudar a parir un nuevo mundo.
La forma en que los estados, después de un periodo de revuelta, toman las mismas medidas es irritante, se vuelcan a proteger lo institucional, refuerzan el brazo armado del estado (policía, gendarmería, militares) y económicamente resuelven profundizando las relaciones de producción e intercambio. El retroceso de los sectores más radicales es acompañado por un avance en posiciones más moderadas, donde se busca ganar el juego parlamentario, en busca de mejoras temporales y personalistas, que se levantan con promesas que saben que no cumplirán. ¿Suena similar? La comuna de París es un fantasma para la burguesía, y un faro de luz que demuestra que incluso en las condiciones más adversas se puede levantar una bandera roja, y hacer resonar un grito de libertad.
La memoria es fundamental para mantener viva la comuna de París, no sólo como un suceso importante para la clase trabajadora, también como ejemplo de organización real de la masa productora, de la gente que deambula por las calles en busca de ganarse la vida. Pero la vida ya la tenemos; solo falta hacerla libre, emanciparse de las concepciones del pasado, y labrar un nuevo amanecer. Quemar la guillotina, el banco, la fábrica, el congreso, tener en la memoria cada mártir, y que su recuerdo no sea efímero y sí sea un ejemplo, una herramienta que nos ayude a no repetir los errores del pasado. Que nos enseñe a repetir las proezas de aquellas y aquellos que tomaron el cielo por asalto.
Epílogo de la insurrección inconclusa
Las insurrecciones inconclusas, aquellas revueltas que caen antes de tiempo, las revoluciones que no alcanzan su máximo esplendor, son un recordatorio de que toda preparación teórica y práctica nunca es suficiente, y siempre son necesarias. La comuna se pudo articular gracias a toda una masa organizada motivada, que tuvo la voluntad de llevar a cabo la revolución. Sus sectores más radicales y preparados proporcionaron sus cualidades al servicio de su clase; no funciona un grupo de iluminados, si es que el pueblo no tiene las redes necesarias para sostener su propia emancipación. Una “élite” revolucionaria se vuelve inútil, en el mejor de los casos, o deriva en burocracias de la muerte. La vida de todo proceso insurreccional es la clase, el pueblo, la sociedad organizada en todo aspecto, de forma horizontal, desde las poblaciones, y zonas de producción, servicios básicos, comida, agua, electricidad, salud, etc, hasta redes sociales cuidados mutuos, educación libre, centros sociales. Si esto no se da, se vuelven revueltas vacías, sin las capacidades de sostenerse a sí misma en términos materiales, teóricos o incluso emocionales.
Cuando falta la organización de la vida comunitaria, las potencialidades revolucionarias se parten en dos, en burocracias estáticas de partidos zombie, que son solo una carcasa sin alma, sin habilidad de cambiar ni de mejorar su rumbo. O en alternativas presentadas por el orden imperante: reformas, cambios de mando, bonos, etc. El capital y el Estado tienen todas las capacidades de entregar respuestas ante cualquier crisis de legitimidad, por lo que es necesario que la clase trabajadora se nutra también de alternativas, y no hablamos de un programa de vanguardia, hablamos de la explosión de visiones, del diálogo fructífero entre compañeros y compañeras que al final buscamos lo mismo: la transformación total del mundo como lo conocemos. La liberación no vendrá de un solo trueno, tiene que ser una tormenta que se desate, y cada persona consciente de las realidades de su clase, se transforme en una gota de agua; que en medio del temporal se desborden ciudades, pueblos, campos enteros, y cuando salga el sol podamos gritar VIVA LA COMUNA DE PARIS Y VIVAN LAS COMUNA LIBRES.
