Fujimori II: El Regreso. La marca autoritaria, el algoritmo del miedo y la nostalgia como voto

Por Iker, militante de Liberación

Hay películas que no deberían existir. Que la primera entrega dejó todo dicho, todo destruido, todo resuelto. Y sin embargo regresan. No porque alguien las haya pedido. Sino porque alguien calculó que el afecto que dejó instalada la primera entrega todavía podía ser administrado. Todavía podía rendir.

Eso que Hollywood llama secuela, nosotrxs lo llamamos Keiko.

No lo decimos como insulto. Lo decimos como diagnóstico. Como la única categoría que permite entender qué ocurrió en Perú en junio de 2026, cuando Keiko Fujimori venció a Roberto Sánchez por menos del 0,2% de los votos en su cuarto intento de llegar a la presidencia. Cuatro intentos. En cualquier industria normal, tres fracasos consecutivos retiran un producto del mercado. Pero estamos hablando de una franquicia, y las franquicias no operan bajo la lógica del mercado normal. Operan bajo la lógica del afecto acumulado. De la deuda emocional que la primera entrega dejó sin saldar.

La primera entrega

Alberto Fujimori llegó al poder en 1990 con una promesa que el espectáculo había probado mil veces antes en otras pantallas: el outsider que viene a limpiar. El ingeniero. El técnico. El hombre sin historia política que precisamente por eso no tiene las manos sucias. Hollywood fabricó ese personaje durante décadas —en westerns, en thrillers presidenciales, en blockbusters de desastre donde el experto marginal salva al mundo que los políticos corruptos no supieron proteger— y el Perú de la hiperinflación y el terror senderista lo recibió como lo que el cine enseñó a recibir ese arquetipo: como salvación.

Lo que Fujimori padre hizo con ese mandato lo sabemos. Lo sabemos en las cifras: 300.000 mujeres esterilizadas por fuerza. Opositores desaparecidos. El Grupo Colina operando con la impunidad del Estado. La corrupción de Montesinos filmada en cassettes que ahora circulan en YouTube como si fueran archivo histórico y no la evidencia de un crimen de Estado sostenido durante una década. Lo sabemos en los cuerpos. En los territorios. En las comunidades que pagaron con su carne el costo de ese orden que los noticiarios llamaban estabilidad.

Pero el espectáculo no trabaja con lo que sabemos. Trabaja con lo que sentimos. Y lo que una parte del Perú sintió durante los 90 —la parte que no fue esterilizada, la parte que no desapareció, la parte que vio bajar la inflación y sintió que podía respirar— fue alivio. Un alivio tan físico, tan animal, tan instalado en el cuerpo, que ningún expediente judicial lo ha podido desalojar desde entonces.

Eso es la primera entrega. No una película perfecta. Una película que dejó instalado un afecto.

La secuela que nadie pidió y todos vieron

Las secuelas de Hollywood tienen una mecánica precisa. No construyen nada nuevo. Administran la deuda emocional que la primera entrega dejó abierta. El personaje regresa, más viejo, más golpeado, con nuevas cicatrices que prueban que ha sufrido —que es humano, que también paga costos— y el público que amó la primera entrega siente algo parecido al reconocimiento. A la continuidad. A la pertenencia a un universo que sigue.

Keiko Fujimori lleva treinta años ejecutando esa mecánica con una precisión que ningún estudio de Hollywood podría haber diseñado mejor, porque es real. Porque el melodrama más efectivo siempre es el que no fue actuado. La hija leal que visita a su padre en prisión. La candidata perseguida por una fiscalía que —según la franquicia— trabaja para los que temen el regreso del orden. Los procesos judiciales convertidos no en evidencia de corrupción sino en prueba de que el sistema le teme. Cada derrota procesada como martirio. Cada condena reencuadrada como conspiración.

Nosotrxs miramos eso y a veces nos preguntamos cómo es posible. Cómo puede seguir funcionando. Cómo puede alguien votar por la hija del hombre que ordenó esterilizar a su madre, a su tía, a la mujer de su comunidad.

La pregunta está mal hecha. Asume que el voto es un acto racional. Que la gente en la cabina va con expedientes. Debord lo entendió antes que nosotrxs: el espectáculo no apela a la razón. Apela al cuerpo. A la memoria somática del alivio. Y el cuerpo que recuerda el alivio de los 90 —aunque ese alivio haya sido construido sobre otros cuerpos que nunca aparecen en el encuadre— vota ese recuerdo. Vota la primera entrega. Aunque lo que esté eligiendo sea la secuela.

El algoritmo que proyecta la película

Pero la secuela no se proyecta sola. Necesita infraestructura. Necesita pantallas. Y aquí es donde el espectáculo del siglo XXI supera en eficacia a todo lo que Debord pudo imaginar cuando escribía desde el París de 1967: el algoritmo.

El algoritmo de TikTok, de YouTube, de Facebook no es una herramienta neutral que distribuye contenido. Es una máquina de producción de subjetividad política. Su función no es informar. Es retener. Y lo que retiene —lo que genera el tiempo de pantalla más largo, la respuesta emocional más intensa, el engagement que los anunciantes compran— es el miedo. La indignación. El enemigo con cara.

El fujimorismo entendió esto antes que la mayoría de las izquierdas latinoamericanas, que todavía debaten en formatos que nadie ve. La campaña de Keiko 2026 no fue una campaña de ideas. Fue una campaña de imágenes cortas, de audios que circulan por WhatsApp sin verificación posible, de testimonios de personas comunes que recuerdan —o dicen recordar— que en los 90 se podía caminar tranquilo. El algoritmo no inventa ese recuerdo. Lo amplifica. Lo selecciona. Lo entrega de vuelta a quien ya lo tenía, multiplicado, validado por la pantalla que le dice que no está solo, que hay millones que sienten lo mismo.

Eso es lo que el situacionismo llamaba espectáculo integrado: no la propaganda burda de un Estado totalitario, sino la forma en que el capital reorganiza la percepción de la realidad a través de cada dispositivo que creemos nuestro. El teléfono que dormimos abrazados. La pantalla que consultamos antes de levantarnos. La recomendación que el algoritmo calibró para nosotrxs mientras dormíamos, estudiando nuestros miedos con más precisión que cualquier psicólogo.

El miedo es el producto con mejor tasa de retención que existe. El fujimorismo lo sabe. El algoritmo lo optimiza. Y nosotrxs, que creemos estar eligiendo libremente cuando entramos a la cabina, estamos ejecutando una decisión que fue procesada en otro lugar, en servidores que no conocemos, por una lógica que no votamos y que nadie eligió.

La marca y su logotipo

El apellido Fujimori es un logotipo. Funciona exactamente como tal: reconocimiento inmediato, asociación emocional previa, prescinde de argumento. No necesita explicarse. No necesita justificarse. Aparece en la papeleta y activa una memoria que el cuerpo tiene archivada antes de que la razón pueda intervenir.

Las grandes marcas de Hollywood funcionan igual. Cuando aparece el logo de Marvel antes de una película, el público ya está adentro antes de que empiece la historia. Ha comprado la pertenencia. Ha activado la identidad de fan. El contenido específico de lo que sigue importa menos que la activación de ese afecto previo.

Alberto Fujimori fue el candidato presidencial de Fuerza Popular en estas elecciones. El fundador vuelve como activo de campaña. Es el equivalente exacto a George Lucas apareciendo en el trailer de una nueva entrega para decirle al público que esta vez sí, que esta vez es la real, que el creador original garantiza la autenticidad. La presencia del padre en la campaña de la hija no es nostalgia accidental. Es estrategia de marca. Es la garantía de que la secuela conecta con el universo original.

Y funciona porque la marca no vende un producto. Vende una identidad. El que vota fujimorismo no solo está eligiendo un gobierno. Está afirmando quién es. Está diciéndole al mundo —y a sí mismo— que pertenece a los que entienden que el orden es necesario, que la mano dura es a veces inevitable, que el precio del progreso se paga en algún lugar y que ese lugar, por suerte, no es donde él vive.

Los cuerpos que no aparecen en el trailer

Las secuelas de Hollywood tienen una característica estructural que el cine independiente nunca tuvo que aprender porque nunca fue su problema: los daños colaterales de la primera entrega no aparecen en el trailer de la segunda.

Las 300.000 mujeres no aparecen en el trailer. Los desaparecidos de Barrios Altos no aparecen en el trailer. Las comunidades campesinas e indígenas que vivieron el autogolpe de 1992 como lo que fue —un golpe de Estado que anuló el Congreso, disolvió el Poder Judicial y gobernó por decreto— no aparecen en el trailer. Las 49 víctimas de las protestas de 2022 y 2023, cuyos familiares salieron a decir que no aceptarán un gobierno de la hija de un dictador, tampoco aparecen.

Aparecen antes: como el problema que el héroe viene a resolver. Aparecen después: como el costo que nadie contabiliza porque la cámara ya salió de cuadro.

Nosotrxs somos latinoamericanxs. Sabemos lo que significa quedar fuera del encuadre. Sabemos lo que se siente cuando la cámara decide que tu dolor no es el género correcto para la historia que se está contando. Que tu cuerpo es el costo de producción que no aparece en los créditos. Que tu comunidad es el escenario de fondo de una película que ya eligió a su protagonista y su arco narrativo antes de que empezara el rodaje.

El poder que no necesita ganar porque ya reina

Hay algo que el debate sobre el fujimorismo siempre deja fuera de cuadro, y no por descuido.

Perú es un país que ha tenido, en los últimos quince años, seis presidentes. Uno fue asesinado en su celda antes de que lo juzgaran. Otro está preso. Otro huyó. Otro fue vacado por un Congreso que lo varó en cámara lenta mientras el país ardía. Pedro Castillo —el maestro rural, el primer presidente que en la historia del Perú llegó desde abajo de verdad, desde la tierra y no desde los apellidos— fue derrocado por ese mismo Congreso que luego permitió que la policía masacrara a quienes salieron a defenderlo. Cuarenta y nueve muertos. Ningún responsable condenado.

Esta es la verdad que el espectáculo fujimorista administra con maestría: en Perú no hay un sistema político que funciona mal. Hay un poder de fondo —económico, extractivo, transnacional— que funciona perfectamente. Que ha sobrevivido a todos los presidentes. Que ha sobrevivido a todas las crisis. Que tiembla solamente cuando alguien amenaza con tocarlo de verdad, y en ese caso produce, con una eficiencia que ningún blockbuster podría igualar, la caída del gobierno que amenazaba.

La inestabilidad peruana no es un defecto del sistema. Es el sistema. Es la forma en que el poder real —el de las mineras, el de los grandes capitales, el de los que nunca salen en la papeleta pero siempre están en la sala donde se decide— se protege de cualquier intento de reforma que lo afecte. La secuencia es siempre la misma: llega un gobierno, intenta mover algo, el Congreso lo vaca o el escándalo lo pulveriza o el propio presidente colapsa bajo el peso de sus propias contradicciones, y el poder de fondo sigue ahí, intacto, esperando la siguiente película.

Fujimori no es la excepción a ese sistema. Es su candidata más funcional. Porque la franquicia Fujimori no amenaza al poder de fondo. Lo administra. Lo ha administrado siempre. El autogolpe de 1992, las privatizaciones, el ajuste estructural que Montesinos supervisaba mientras filmaba sus propias coimas: todo eso fue, ante todo, la consolidación del poder económico que hoy financia la secuela y que mañana cobrará su parte.

El problema no es que la gente sea estúpida. Es que el capital, en su fase espectacular, aprendió a colonizar el deseo antes de que la política pudiera articularlo. El algoritmo llega primero. La imagen llega primero. El miedo llega primero. Y cuando llega la propuesta política de la izquierda —con sus documentos, sus planes de gobierno, sus argumentos racionales— el afecto ya está ocupado. Ya está habitado por otra cosa.

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