Golpe Militar, Resistencia Popular y Lucha Revolucionaria
– Apuntes Rápidos –
Por Amaya
Militante de Liberación
Un poco de contexto
El debate del pasado 10 de septiembre en el Espacio Laura Allende —convocado por Liberación y con la participación de Réplica Comunista y la Federación Anarquista de Santiago (FAS)— no fue un mero intercambio de opiniones. Fue un ejercicio de memoria revolucionaria, una puesta en común de diagnósticos estratégicos surgidos desde tradiciones políticas distintas. Todas estaban unidas por una voluntad compartida: extraer del pasado herramientas para construir victorias presentes y futuras. Este texto no busca cerrar aquel debate, sino profundizarlo, problematizarlo y ampliarlo. Asume la forma de “apuntes” —fragmentarios, urgentes, deliberadamente incompletos— pues se entiende que la reflexión revolucionaria no es un sistema cerrado (dogmático), sino un proceso vivo, colectivo y en permanente tensión creativa.
El tema convocante: “Golpe Militar, Resistencia Popular y Luchas Revolucionarias”, exige más que un análisis político-histórico; exige una autocrítica ética feroz en el campo revolucionario, una revisión de los “modelos organizativos”, una discusión abierta sobre los sentidos del poder, la autonomía y la violencia de clase. Lejos de toda complacencia, partimos de una constatación incómoda: las derrotas no solo vinieron del enemigo de clase. También fueron resultado de errores propios, de estrategias fallidas y de concepciones ideológicas dañinas que devoraron desde dentro muchos impulsos emancipadores del siglo pasado.
Estas notas se escriben, por tanto, con el espíritu de quienes no tememos mirar al abismo dejado por nuestras propias tradiciones, para rescatar de allí lo útil y necesario y desechar lo caduco e inservible. No hay intención de pontificar ni de elevar nuevas “verdades” cerradas; sino que se trata de aportar a un diálogo o debate estratégico que debe darse con la urgencia propia de un momento histórico en el que el colapso civilizatorio del capitalismo y el retroceso del movimiento popular se hacen cada día más críticos, y donde la necesidad de una alternativa comunista es más perentoria que nunca. Para la humanidad entera, se trata hoy de vencer o perecer como especie.
1) El Golpe Militar: La Derrota de la Autonomía y el Poder Popular
No fue impredecible: La ceguera.
El golpe de Estado de 1973 no fue un rayo en cielo sereno. No hubo ninguna sorpresa. Fue la culminación lógica —casi mecánica— de una conspiración de clase urdida por la burguesía chilena y el imperialismo estadounidense, anticipada con años de antelación por organizaciones revolucionarias como el MIR, que ya en 1970 alertaban sobre la inevitabilidad de un enfrentamiento armado. Sin embargo, la izquierda mayoritaria —encarnada en la Unidad Popular y su horizonte reformista— operó bajo una ceguera estratégica letal. Anclada en una lógica estatista, etapista y profundamente legalista, subestimó deliberadamente la reacción contrarrevolucionaria, confiando en la “institucionalidad burguesa”, en la “vía pacífica” y en el mito de un ejército “profesional”, “apolítico” y “constitucionalista”. Esta no fue una simple equivocación táctica; fue un error de concepción histórica, un síntoma de la incapacidad de las direcciones reformistas para comprender la naturaleza de la lucha de clases: que esta no se juega en el parlamento, sino en la confrontación abierta entre proyectos antagónicos de sociedad. La ilusión de una transición ordenada al socialismo mediante el Estado burgués fue el talón de Aquiles que permitió a la reacción reorganizarse y golpear con ferocidad.
Problema central: La falta de poder dual y la autoorganización.
El error no fue meramente militar; fue, ante todo, político. La Unidad Popular —y en particular el Partido Comunista y el ala más conservadora del Socialismo— privilegió la “gobernabilidad” sobre la radicalización popular. Los embriones de poder popular que surgieron desde abajo —los cordones industriales, los comandos comunales, los consejos de trabajadores— fueron vistos con desconfianza, frenados e incluso saboteados por las cúpulas partidarias para no “provocar” a la derecha o “desestabilizar” el gobierno de Allende. Se priorizó una alianza con sectores de la burguesía “progresista” por sobre la autoorganización armada de las masas. Aunque sectores revolucionarios —como el MIR y algunas fracciones de partidos reformistas— impulsaron estas experiencias, nunca lograron torcer la orientación general del proceso. El resultado fue un poder popular débil, fragmentado y, sobre todo, subordinado al aparato estatal burgués en descomposición. Cuando se produjo el golpe, no existía una estructura, organización o movimiento de masas con capacidad efectiva de autodefensa capaz de resistir la ofensiva reaccionaria. La iniciativa estratégica había sido entregada por completo al enemigo de clase, el cual venía anunciando hacía años su intención y voluntad de manera clara y pública.
Confianza ciega: La delegación del poder y la usurpación de la voluntad.
El movimiento popular delegó su potencia en las “vanguardias” partidarias —ya fuera el PC, el PS o el propio MIR—, anulando en gran medida su propia autonomía política y militar. Esta delegación no fue inocente: respondió a una cultura política profundamente arraigada que veía en el “partido” el sujeto histórico de la revolución y en las masas un instrumento a ser dirigido. En la práctica la revolución la hacía el partido en nombre de las “masas”; aunque sus propias teorías dijeran lo contrario. Cuando esas vanguardias demostraron ser incapaces de defender el proceso —ya por reformismo, ya por impreparación militar—, el pueblo trabajador quedó vulnerable, desarmado material y políticamente (moralmente devastado además). Esta experiencia demostró crudamente que la verdadera fuerza revolucionaria no reside en aparatos burocráticos separados de la clase, sino en la autoemancipación de lxs oprimidxs, en su capacidad de autoorganizarse, decidir y actuar con independencia. Las organizaciones revolucionarias —incluyendo aquí al MIR— no lograron escapar completamente de esta lógica sustitutista, muchas veces actuando más como “dirección” que como catalizadoras de la organización y lucha.
Poder popular débil: El conflicto con el reformismo y el dogma.
El potencial revolucionario de la clase trabajadora fue sistemáticamente ahogado por el gradualismo y el institucionalismo de la Unidad Popular. Los partidos reformistas, temerosos de perder el control sobre el proceso y confiados en su capacidad de maniobrar con el reformismo burgués, actuaron como un dique contra la autogestión y el autogobierno popular. Se impidió que el poder desde abajo se consolidara, desarrollara capacidades de autodefensa y se constituyera en una alternativa real de poder. El partido —en todas sus variantes— se erigió como un centro de mando que reprodujo las jerarquías del viejo mundo, sofocando la creatividad y la iniciativa de las bases. Al mismo tiempo, la conciencia de clase no maduró lo suficiente para emanciparse por completo de las direcciones tradicionales y avanzar en su propio proceso de liberación. La izquierda revolucionaria, sobre todo el MIR, no logró resolver esta contradicción estratégica: osciló entre la adaptación al reformismo y la insistencia en un modelo de vanguardia “clásica”, sin conseguir articular una alternativa orgánica que potenciara —y no suplantara— el poder autónomo del movimiento obrero, popular y campesino de la época.
2) La Resistencia: La Reconstrucción del Poder Revolucionario
Inicio difícil: El colapso del proyecto estatista.
El reflujo inicial tras el golpe no respondió únicamente a la eficacia brutal de la represión, sino al colapso moral e ideológico del paradigma estatista que había hegemonizado la imaginación política de la izquierda. La derrota no fue solo física; fue la total bancarrota de una estrategia. La idea de que se podía usar el Estado burgués —incluso administrado por un gobierno “popular”— como herramienta de emancipación se estrelló contra el muro de los tanques y aviones. Este desencanto, brutal, abrió —en la visión del MIR y Miguel Enríquez— una suerte de oportunidad histórica: la de recomponer la conciencia de clase desde la base, despojada de ilusiones institucionales. La tarea ya no era “recuperar” el Estado, sino construir un poder revolucionario propio, desde los escombros, tejido en la clandestinidad de las poblaciones, las fábricas ocupadas y la memoria obstinada de los derrotados. La resistencia popular como política nació, así, de la necesidad de transformar la experiencia del terror en aprendizaje estratégico, de reconstruir la confianza y la capacidad de acción colectiva no desde aparatos externos, sino desde la autoactividad popular, lenta, persistente y profundamente arraigada en la realidad material de lxs oprimidxs y explotadxs.
Debilitamiento del MIR: La derrota de la vanguardia y la burocracia devoradora.
El MIR, la organización que con mayor claridad había anticipado la inevitabilidad de la lucha armada, quedó severamente debilitado por la represión. Su estructura, aunque ideológicamente sólida, no fue inmune a la desarticulación masiva. Lejos de la épica fácil, su reconstrucción no se planteó como un simple reemplazo de la antigua vanguardia, sino como un proceso de recomposición desde la base, de re-conexión con el pueblo a través de la política de resistencia popular. Esta política, simbolizada en el imperativo ético de “compartir la suerte del pueblo” —rechazando el exilio y asumiendo los riesgos de la lucha clandestina—, buscaba reconstruir la relación entre militantes y masas desde un nuevo lugar ético. La muerte en combate de Miguel (y cientos más) elevó la estatura moral del proyecto mirista, pero también encapsuló su paradoja: la estrategia de guerra revolucionaria que proponía transferir el protagonismo al pueblo organizado chocaba con las limitaciones de una estructura aún marcada por la lógica de vanguardia. El esfuerzo desbordaba con creces las capacidades orgánicas de un solo grupo, poniendo en evidencia la tensión no resuelta entre la dirección centralizada y la autonomía popular que decía promover.
Surgimiento gradual: La irrupción de las masas y la autoorganización.
Las Jornadas de Protesta Nacional de los años 80 representaron la explosión definitiva de autonomía popular que desbordó considerablemente los marcos de las direcciones partidarias tradicionales sobre todo de los partidos reformistas burgueses, incluidas las de la resistencia armada. Fue el pueblo trabajador —en las poblaciones, en las calles, en las barricadas— ejerciendo acción directa y reconquistando su papel protagónico mediante la desobediencia colectiva masiva. Estas movilizaciones no respondían a consignas centralizadas ni a cálculos electorales; surgían desde la rabia acumulada, la necesidad material y la memoria subterránea de la lucha. Pasión, energía, rabia, amor. Este accionar demostró que la verdadera resistencia no espera permisos, órdenes ni mediaciones institucionales: es un acto de vida propia, de supervivencia ética, una energía vital que se alimenta a sí mismo. En este sentido, la resistencia no solo confrontaba a la dictadura, sino que prefiguraba un poder popular territorializado —con sus propias formas de coordinación, protección mutua y solidaridad— que operaba al margen y en contra del Estado terrorista. La fuerza de este estallido y revuelta radicaba precisamente en su carácter inmediato, horizontal y autoemancipatorio.
Protagonistas: La síntesis de organización y praxis revolucionaria.
Organizaciones como el MIR y el FPMR (este último bajo la dirección del PC) se insertaron estratégicamente en este nuevo ciclo de luchas. Su papel ya no podía limitarse —aunque lo intentaron— a una dirección abstracta o jerárquica; tuvieron que actuar como catalizadores y organizadores de la energía popular espontánea. Proveyeron método, estructura orgánica y capacidad militar a un movimiento que, de manera crecientemente organizada, buscaba confrontar a la dictadura pero que tenía límites naturales en su desarrollo estratégico y material. He allí el principal aporte y rol de expresiones político-militares. Sin embargo, estas organizaciones vivieron una tensión inherente e irresuelta: mientras aspiraban a ser la expresión armada de las demandas de masas, no lograron desprenderse completamente de la lógica de aparato. En especial, fuerzas como el PC-FPMR y luego el FPMR-Autónomo reprodujeron con frecuencia dinámicas centralistas y militaristas que entraban en abierta contradicción con el horizonte de emancipación desde la base y la construcción de un poder popular autónomo. Esta contradicción no era meramente táctica; era el síntoma de una tensión no resuelta entre la necesidad de coordinación y capacidad operativa eficaz y el riesgo de reproducir las estructuras de dominación que se pretendían abolir.
Estrategia clave: Autodefensa integral y combinación de tácticas.
La resistencia popular articuló de manera orgánica —aunque no exenta de conflictos— la autodefensa espontánea de masas (barricadas, cortes de calle, enfrentamientos callejeros) con la lucha armada impulsada por las organizaciones político-militares contra blancos estratégicos del régimen. Esta combinación no respondía a una lógica militarista abstracta, sino a una necesidad política concreta: erosionar la legitimidad de la dictadura y desmoronar la aparente invencibilidad de su Estado y aparatos, proteger las movilizaciones populares y, fundamentalmente, abrir y defender los incipientes espacios de poder popular donde se prefiguraran nuevas relaciones sociales, en base a la sobrevivencia material contra la pobreza extrema y la resistencia contra las constantes oleadas represivas contra pobladorxs y militantes populares. Esta práctica constituía un ejercicio de autodefensa integral —no solo física/material, sino también política y cultural—, reivindicada como un derecho inherente de la clase trabajadora frente a la violencia sistemática del Estado. Así, la resistencia se proyectó también como fuerza contrahegemónica que confrontaba tanto la represión visible como la lógica deshumanizadora del capital y su Estado, demostrando que la defensa de la vida era, en sí misma, un acto revolucionario.
3) La Lucha Revolucionaria: Hacia un Comunismo de Liberación
Organización autónoma del pueblo: La base del poder dual y la comunalización.
La lección fundamental que extraemos de la historia reciente es que la emancipación de clase no puede ser delegada: es obra de lxs propixs explotadxs y oprimidxs. El horizonte estratégico debe ser la construcción de un poder popular autónomo asentado territorialmente —comunalización— que funcione como contrapoder o poder revolucionario dual frente al Estado burgués. Esto implica desarrollar órganos de autogestión, autogobierno y autodefensa que prefiguren aquí y ahora la sociedad nueva: antipatriarcal, anticapitalista y anticolonial. La dependencia de cúpulas partidarias o estatales es un callejón sin salida que nos conduce por el mismo camino de la tragedia de las revoluciones proletarias del siglo XX: el “gran reemplazo” de una clase dominante por otra, donde una burocracia sustituye a la burguesía pero perpetúa la dominación bajo nuevas formas, vaciando de contenido la potencialidad transformadora de la lucha de clases, conservando el modelo productivo y económico (Socialismo = capitalismo de Estado, según la teoría leninista) y, por tanto, las relaciones de clase inherentes al capitalismo. Desde Liberación, pensamos que es la actividad autónoma, organizada y consciente de la clase revolucionaria y los grupos sociales oprimidos el camino mediante el cual se logra la ruptura real con la lógica del capital y el patriarcado.
Preparación para la autodefensa: Una necesidad orgánica contra la usurpación.
La autodefensa no es un apéndice táctico; es una función inherente a cualquier organización de clase que aspire a desafiar el orden burgués. Debe ser integral y de masas, arraigada en la participación activa de las comunidades. Su objetivo trasciende la mera protección física/material: se trata de evitar que el impulso revolucionario sea usurpado por sectores que centralicen las capacidades de defensa, convirtiéndose así en un nuevo actor de dominación (opresión e incluso explotación). Esto no niega el rol de la organización política revolucionaria o “partido revolucionario” si así se quiere, sino que redefine su lugar: debe actuar como motor de la iniciativa de clase, nunca como sustituto. La autodefensa, en su sentido más profundo, es la práctica colectiva mediante la cual el pueblo asegura que nadie —ni enemigos externos ni supuestos aliados— arrebate su capacidad de decidir y actuar por sí mismo.
Batalla de las ideas: Por una nueva hegemonía contra el dogma.
La lucha revolucionaria es también una batalla por la hegemonía cultural. Se trata de construir una contracultura radical que dispute el sentido común construido e impuesto por la dominación burguesa y cuestione frontalmente los valores del patriarcado, el colonialismo, el extractivismo y la mercantilización de la vida. Frente a la lógica individualista y competitiva, oponemos la solidaridad de clase, la autogestión, el apoyo mutuo y la emancipación integral. Este proyecto es antagónico a toda forma de dogmatismo y se encarna en prácticas concretas: asambleas populares, educación crítica, producción colectiva y expresiones sociales disruptivas… libertad de ser, pero suprimiendo toda forma-de-ser que reivindique o pretenda practicar alguna forma de explotación de clase, dominación política u opresión social. La creatividad insurgente y la experimentación colectiva son armas tan vitales como la lucha material en la construcción del mundo nuevo. Es justamente por este motivo que nuestra consigna es “¡Por el Comunismo y por la Libertad!”; comunismo y libertad son inseparables en el proyecto revolucionario.
Combinación de tácticas: Flexibilidad estratégica para la comunización.
Criticamos abiertamente las “teorías de la transición” que, bajo la imposición del capitalismo de Estado —base del modelo leninista—, terminaron por instaurar nuevas formas de dominación burocrática. Se podrá sostener —por sus defensores— que eso no es determinante o que, en términos teóricos, no se planteaba tal objetivo; que fueron “desviaciones” u “errores” en los procesos (no dudamos de la buena fe de la proposición teórica, por cierto, ese no es nuestro punto). Pero en la práctica, en la historia real y concreta, es eso justamente lo que ocurrió (y sin excepciones): la reversión capitalista desde las entrañas de la burocracia, el partido y el Estado.
Para nosotrxs, el comunismo no es un “sistema” futuro por construir, sino un principio político en el presente: es el movimiento real que destruye y supera las relaciones sociales capitalistas mediante la autoorganización, la autogestión y la acción directa en el presente. Lentamente y paso a paso. Entendemos la revolución no como la “toma del poder estatal”, sino como el proceso de comunización: la creación inmediata de relaciones no mercantiles, no jerárquicas y no patriarcales en los territorios, las fábricas y espacios laborales, y en la vida cotidiana y común.
Esto implica:
a) Desbordar y negar el Estado, no administrarlo.
Desbordar y negar el Estado significa, ante todo, comprender que su estructura, el dispositivo, no es una herramienta neutra que pueda ser “ocupada” para fines emancipatorios, sino una forma histórica de organización del poder burgués diseñada para garantizar la reproducción del capital, la opresión patriarcal y la dominación de clase. Administrarlo —incluso con intenciones revolucionarias— implica someterse a su lógica jerárquica, burocrática y coercitiva, renunciando así a la posibilidad de una verdadera abolición de las relaciones sociales capitalistas. La historia del siglo XX es contundente al demostrar que cada vez que la izquierda ha intentado “utilizar” el Estado para transitar al socialismo, el resultado ha sido el mismo: la revolución fue domesticada, la burocracia se fortaleció y el poder popular fue neutralizado o absorbido por la maquinaria estatal. El Estado, como relación social de dominación, no puede ser reformado o disuelto gradualmente; debe ser destruido por la creación de instituciones paralelas —asambleas territoriales, consejos de trabajadorxs, milicias populares, redes de abastecimiento autónomas— que construyan desde ya un contrapoder capaz de arrebatar por la fuerza su legitimidad, funciones y autoridad.
Nuestra estrategia no implica ignorar al Estado o pretender que no existe, sino confrontarlo constantemente, directa y abiertamente desde la autonomía social, negándole el monopolio de la política, la violencia y la gestión de la vida. Y cabe destacar que la confrontación toma inevitablemente la forma de guerra de clases. Se trata de restarle espacio y poder mediante la expansión de prácticas comunistas —como la autogestión generalizada, la justicia popular o la autodefensa organizada— que demuestren en los hechos que otra forma de organizar la sociedad es posible sin necesidad de un poder separado y coercitivo sobre la comunidad. La negación del Estado es, por tanto, un proceso material de construcción de alternativas que lo vuelvan obsoleto, no un acto declamativo; la autonomía proletaria es material y no meramente simbólica. Es una lucha radical por erosionar sus bases de sustentación —la delegación política, el monopolio de la fuerza, la centralización administrativa— transfiriendo esas capacidades al pueblo trabajador organizado. El objetivo final no es “tomar” el Estado para “extinguirlo” desde arriba —una contradicción en los términos—, sino destruirlo mediante la generalización de relaciones sociales libres, horizontales y autodeterminadas, y mediante el ejercicio material de la lucha directa y la revuelta de clase.
b) Generalizar las prácticas comunistas aquí y ahora (apropiación colectiva, decisiones asamblearias, producción para el uso).
Generalizar las prácticas comunistas implica transformar la vida cotidiana mediante actos concretos que prefiguren la sociedad futura en el presente, integrando necesariamente una dimensión antipatriarcal y feminista. La apropiación colectiva de los medios de producción —como la ocupación de fábricas para convertirlas en cooperativas autogestionadas o la recuperación de tierras para huertos comunitarios— no es solo una medida económica, sino un acto político de desmercantilización que desafía la propiedad privada capitalista y las lógicas de dominación patriarcal inherentes a la división sexual del trabajo. Las decisiones asamblearias, practicadas en territorios, centros de trabajo y espacios educativos, constituyen una pedagogía revolucionaria que enseña a deliberar, decidir y ejecutar sin intermediarios, destruyendo la cultura de la delegación pasiva y cuestionando las jerarquías de género que estructuran los espacios de poder. La producción para el uso —y no para la acumulación— se materializa en redes de abastecimiento popular que priorizan necesidades comunitarias sobre la lógica del lucro, como ollas comunes autogestionadas o sistemas de trueque a gran escala, prácticas que explicitan y socializan los trabajos de reproducción social históricamente invisibilizados y feminizados. Estas prácticas, lejos de ser “experimentos marginales”, son el embrión de un nuevo modo de producción y reproducción social que erosiona desde abajo las bases materiales del capitalismo y el patriarcado, construyendo desde ya relaciones basadas en la reciprocidad, la corresponsabilidad y la equidad de género.
c) Subordinar la lucha armada a la construcción de poder popular autónomo, evitando que se convierta en un fin en sí misma o en instrumento de una nueva élite dirigente.
Subordinar la lucha armada a la construcción de poder popular autónomo exige una ruptura radical con el militarismo y el vanguardismo que históricamente han secuestrado procesos revolucionarios. La fuerza militar no puede ser un fin en sí misma ni quedar bajo el control de una élite especializada: debe surgir de y estar supeditada a los órganos de autoorganización popular —asambleas, milicias comunitarias, comités de autodefensa— que definen sus objetivos, límites y estrategias. Cuando la lucha armada se autonomiza —como en la lógica foquista o los ejércitos guerrilleros separados de las comunidades—, inevitablemente reproduce jerarquías, concentra poder y termina sustituyendo la iniciativa de las masas, incluso si su discurso es revolucionario. El principio irrenunciable es que la autodefensa —incluida su expresión armada— debe ser una función colectiva controlada directamente por el pueblo organizado, nunca un instrumento de dirección política. Solo así se evita que la “protección de la revolución” se convierta en el caballo de Troya de una nueva dominación.
d) El problema del partido y la organización política: Hacia una definición estratégica, no dogmática.
Una cuarta propuesta sintética —y acaso la más compleja— consiste en problematizar de raíz los conceptos de “partido revolucionario” y “organización política revolucionaria”. Hace pocos meses, en Liberación, debatíamos y zanjábamos una posición al respecto, ello en medio de los debates de nuestro segundo congreso. Concluíamos que, lejos de toda definición única y dogmática, un “partido” puede adoptar múltiples formas y nombres: desde un pequeño grupo organizado para conspirar contra el capital hasta la identificación con el conjunto amplio del movimiento emancipatorio; desde una federación de colectivos autónomos hasta un movimiento político flexible y sin estructuras jerárquicas rígidas; o todo lo contrario: un ejército revolucionario o fuerza miliciana y de combate. Partido u organización política revolucionaria es simplemente un concepto que se utiliza para definir un sector organizado sobre la base de objetivos, estrategias y tácticas determinadas. Lo fundamental no es el concepto en abstracto, sino la teoría que le da sustento, la definición concreta que le damos y, por sobre todo, el rol estratégico que le asignamos en la lucha de clases y la relación que desarrolla este conjunto de voluntades unidas con el movimiento de masas y el pueblo trabajador.
Un debate análogo desarrollamos con el concepto de “vanguardia”, donde distinguimos al menos dos definiciones operativas: la vanguardia como fenómeno sociopolítico, que refiere a aquellos sectores de avanzada del pueblo que se muestran dispuestos a la lucha de forma más consciente y radical, y la vanguardia como sujeto-conductor, una teoría que otorga a ese mismo sector un lugar privilegiado como portador exclusivo de la “verdad revolucionaria” y director necesario e irremplazable del proceso de lucha. O sea, como sujeto colectivo que —independiente de lo que digan las teorías que le reafirman— en la práctica ha terminado sustituyendo el rol del sujeto histórico de la revolución, a nuestro modo de ver la unidad dinámica entre clases explotadas y sectores oprimidos, marginalizados y dominados por el poder burgués. La excepción a ello ha sido, justamente, aquellas organizaciones, ya sean partidos (PKK) o guerrillas (EZLN), de vanguardia que han renunciado a esa posición en favor de que sean las organizaciones de masas las que protagonicen y lideren sus propios procesos. No es casual que actualmente sean los procesos revolucionarios más avanzados y consolidados a nuestro modo de ver.
El peligro histórico no está en el concepto mismo o la palabra exacta, sino en la tendencia práctica —recurrente— a convertir a la “vanguardia” en un ente separado que decide por sobre la clase. Por ello, en Liberación, concluíamos que la cuestión de fondo no es aceptar o rechazar los términos “partido” o “vanguardia” a secas, sino decidir colectivamente qué prácticas organizativas queremos que esas ideas representen: si la reproducción de jerarquías o la potenciación de la autonomía proletaria. La forma organizativa debe estar siempre supeditada al contenido estratégico de la lucha revolucionaria, y cuál es el concepto o palabra que mejor define o representa la idea, es un asunto —para nuestro proyecto— de segundo orden.
***
Finalmente, una suerte de redondeo
Para nuestra organización, Liberación, la lección histórica que sacamos es clara: la transformación radical exige la autoconciencia revolucionaria de la clase explotada y la acción motriz de una o muchas organizaciones políticas que impulse —sin suplantar— su autonomía. Ojalá muchas, por cierto. Lejos de toda delegación burocrática o estatismo, se trata de construir poder revolucionario desde el movimiento popular autónomo, por medio de la fuerza social revolucionaria y mediante órganos de autogestión, autogobierno y autodefensa, donde la organización política revolucionaria actúe como catalizadora de la iniciativa del común; no como sustituto. El rol de las organizaciones revolucionarias —ya se llamen partidos, movimientos, frentes, corrientes, colectivos, ejércitos o milicias— es estimular la maduración política del movimiento de masas. Su función es actuar como una fuerza dinamizadora y catalizadora que fortalezca la capacidad de las masas para decidir y actuar por sí mismas, avanzando paso a paso, en medio de la lucha, hacia la comunización de la vida cotidiana. Este proceso se enmarca, no lo olvidemos, en el contexto general de la guerra de clases.
11 Septiembre del 2025
